Elaborar una lista de pequeños placeres ayuda a mejorar nuestro ánimo, nos aporta vitalidad, ganas de hacer cosas. Elaborar una lista de pequeños placeres nos hace entender lo fácil que es conseguir momentos de felicidad con cosas cotidianas, básicas, tontas incluso. Se me ha ocurrido hacer mi propia lista. Las listas de pequeños placeres son subjetivas y dependen tanto de la persona como del momento en la que son elaboradas. Esta es mi lista de este momento.
- Mirar a través de la ventana del tren cómo el sol del amanecer impone su presencia mientras la luna lucha por no ser derrotada.
- Leer durante horas sin más interrupción que tus besos en mis mejillas.
- Hacer contigo una visita fugaz a lugares a los que hemos ido antes juntos, antes de conocernos, antes de encontrarte.
- Pisar hojas secas y crujientes en otoño.
- Picar entre horas, dormir la siesta y soñar lo que me dé tiempo.
- Reencontrarme con esa persona a la que hace tiempo que no veo.
- Reconciliarme contigo después de cada pelea.
- Leer el periódico empezando por detrás.
- Mirar la mar.
- No encender la luz de mi cuarto por las mañanas porque ya ha amanecido.
-Reírme a carcajadas
- Quedarme dormida con el calor de tu cuerpo y el olor de tu perfume en las yemas de mis dedos.
- Caminar sorteando las baldosas blancas de la acera.
No me cabe duda de que, si al final las cosas no son como yo creo y, efectivamente al morir tenemos que pasar por un juicio y que un ser superior decida si vamos al cielo o al infierno, la moi se va al infierno de cabeza y creo que sin juicio de por medio. Pero ojo, que si hay que ir, se irá con la cabeza bien alta. Iré por ser una descreída, atea, partidaria de un estado laico, de una escuela laica, de la separación de Iglesia y Estado y de que las religiones, cada uno las viva en la intimidad de sus hogares. Sí, iré con una ristra de pecados a mis espaldas porque he mentido algunas veces, he dicho el nombre de Dios en vano y no quiero hablar de mis intimidades sexuales, pero las tengo y no estoy casada. Guárdenme este secreto si son tan amables. Eso sí, a lo mejor tengo una pequeña esperanza porque semanalmente santifico fiestas, aunque, pensándolo bien, no sé si es muy cristiano santificarlas con chupitos de tequila y botellines de cerveza... En fin. Estoy superada. Lo de ayer ya me ha hecho suponer que, además de enviarme al infierno, me van a dar unas hostias por allí de espanto, porque me horroriza la campaña que la Iglesia ha orquestado en contra del todavía proyecto de ley de despenalización del aborto. Me parece, sucia, inoportuna, demagógica, carente de un argumento razonado y, sobre todo, hipócrita. ¿Es que me quieren decir los señores obispos que interrumpir voluntariamente un embarazo aquella mujer que así lo desea es intolerable, cuando no consideran un delito los probados abusos sexuales que los de su gremio cometen? Pero claro, qué espero, ilusa de mí, de una institución que prohibe los anticonceptivos con la falta de escrúpulos suficiente como para ver morir a hombres, mujeres y niños de hambre o de sida. Eso no debe de ser pecado, digo yo, porque si no, todos los misioneros que se acercan a países subdesarrollados con la cruz en vez de los condones, deberían arder conmigo. Sin embargo, pecadores serán esos padres que han salvado la vida de su hijo mayor engendrando un hijo seleccionado genéticamente sin la enfermedad congénita con la que su hermano nació y que ha superado gracias al nacimiento de este bebé sano. Pecadores, malditos seáis. Si os creíais que estabais siendo eternamente bondadosos por salvar la vida de vuestro hijo dándole, además, un hermano, pues no. Ahí está la Iglesia para denunciar que vuestro acto de valentía, entrega y sentido común es una aberración. Con todo lo que aquí expongo, doy por hecho que, como empecé diciendo, estoy condenada a ir al infierno. La cuestión es que, lejos de estar apenada por ello y sin un ápice de arrepentimiento en mi desviada moral, estoy contenta porque allí me voy a encontrar con mucha gente conocida. Unos me caen mejor que otros, pero así es la vida en el infierno. ¿O será que la vida es un infierno? Viendo a Rowan Atkinson en este monólogo, desde luego, me queda todo clarito, clarito.
Siento que sea en inglés, pero espero que los subtítulos ayuden. He encontrado una versión con subtítulos en español aunque, con la traducción, se pierden ciertos giros o juegos de palabras que no se pueden subtitular o traducir. Elegid la que más se acomode a vuestra situación con el idioma de la Gran Bretaña. ¡Ah! y es una buena oportunidad para comprobar que Rowan Atkinson es algo más que Mr Bean. Para mí lo fue. ¿Nos vemos en el infierno?
HOY HACE UN AÑO QUE LA CHICA DE LA TRENZA PELIRROJA VIO LA LUZ ARTIFICIAL DEL MONITOR DEL ORDENADOR POR PRIMERA VEZ. GRACIAS POR UN AÑO DE COMPAÑÍA, ENTRETENIMIENTO, COMUNICACIÓN, DETALLES, PREMIOS, CAMPAÑAS Y MUCHA, MUCHA COMPLICIDAD.
SIN VOSOTROS, ESTO NO TIENE SENTIDO, ASÍ QUE, DE CORAZÓN, MUCHAS MUCHAS GRACIAS.
¿De qué depende el éxito de una persona de a pie? ¿Hasta qué punto el éxito personal, profesional, etc, tiene un origen fortuito o realmente es fruto del esfuerzo y la dedicación? Hace meses, alguien dejó este pensamiento en el buzón de mis sueños. Al día siguiente lo abrí y lo leí. Inmediatamente sentí empatía por el tipo que lo escribió. Hoy lo hago público para que ustedes lo lean y me cuenten lo que opinan.
Me llamo... ¿Qué importa cómo me llamo? Lo que quiero contarte no necesita llevar firma. Lo podría firmar cualquiera.
Hace tiempo conocí a alguien aparentemente vulgar. Era una chica muy joven, apenas una niña que despertaba a la vida. De ella poco se sabía hasta entonces. Quizá dos o tres pinceladas de ciertos problemas de sociabilidad en su etapa estudiantil, asociados a un brillante expediente académico y a unos cuantos kilos de más y poco más.
Años más tarde, la vida me hizo coincidir con la protagonista de esta historia nuevamente y trabar amistad de rebote con ella y hasta tomarle el cariño suficiente como para analizar su evolución y que su éxito llamara mi atención poderosamente.
Su vida había sido en los últimos años algo ajetreada. Fructíferos fueron sus años de universidad y no sólo en lo que a titulaciones se refiere. Su vida social había cambiado ostensiblemente desde que dejó de ser la niña buena a la que no le crecían las tetas. No había un día en el que no tuviera una llamada o mensaje invitándole a salir. No había días en la semana suficientes para tantas amistades, intentando mantener, la mismo tiempo, una relación con un chico que, para sorpresa de todos, se enamoró perdidamente de ella, aun siendo, como dijeron las malas lenguas, infinitamente más guapo que ella y pudiendo, por ello, elegir estar con quien él deseara.
Pero él le eligió a ella. Todos la elegían a ella. Todos la llamaban para quedar y decidir planes. Y sus amigos de la infancia, que se sentían tan desconcertados como abandonados, no veían con buenos ojos que les dedicara tanto tiempo a todos aquellos individuos que ellos consideraban pasajeros y faltos de interés.
Pero eso no importaba porque siempre la perdonaban. Una sonrisa de esta exitosa chica era suficiente para desvanecer cualquier atisbo de rencor u odio sobrevenido de la última mala actuación o el último desplante. Éxito, me decía yo porque todavía no conocía otra manera de definir tanta potra.
Hasta que una noche de junio, la que dicen que es más corta que ninguna, la noche en la que el sol del atardecer quema todo lo malo para que desaparezca, nuestra chica me confesó a solas que era muy desgraciada. No fue capaz de expresarlo con palabras pero sus ojos, enramados por la amargura de no ser comprendida y por el alcohol ingerido, me lo contaron todo. Se deshizo en mis brazos como el moribundo cuando está a punto de exhalar su última bocanada de aire y sin mediar palabra me confesó que me quería. Yo me quedé perplejo y, aunque algo en mí me decía que aquello era un secreto a voces, hay cosas que uno no acostumbra a escuchar por sencillas que parezcan. Es probable que ella no se acuerde porque estaba muy borracha. Es probable que lo que me dijo fuera una metáfora que expresara su agradecimiento por haber estado ahí tantos años, aguantando de ella lo peor. Lo que ella no sabe y no sabrá nunca porque el orgullo no me permite confesarlo es que con ella disfruté de lo mejor que ninguna persona en la vida me ha brindado. Ella era y es la única persona que me ha hecho sonreír todas y cada una de las veces que ha estado a mi lado. Todas, sin excepción.
Desde que esta historia invadió mis sueños, yo me pregunto dónde está la clave del éxito. Me pregunto si el éxito que percibimos en otros no es más que un espejismo que oculta su desgracia. Me pregunto si al sentirse rodeados de tantas personas, sienten esa soledad tan profunda que transmiten sus miradas. Me pregunto si, en realidad, basta con una sonrisa para ser feliz. Pero voy más allá. Me pregunto qué satisface más: recibir esa sonrisa o regalársela, como un compromiso, para siempre a alguien.
Absorta en sus pensamientos, conduce por el mismo trayecto que recorre cada día de casa al trabajo, del trabajo a casa. La incesante lluvia le obliga a poner la segunda velocidad del limpiaparabrisas y encender las luces. Sólo quiere llegar a casa, ponerse el viejo pijama de mariposas y los calcetines gordos, para colocarse en el sofá y leer un rato en la ventana de la salita que da al norte. Hoy no tiene fuerzas para recoger la ropa del tendal, ni limpiar el polvo. Tampoco es un buen día para quedar con una amiga y tomar un café. Desea con todas sus fuerzas no ver ni hablar con nadie. No tarda mucho en llegar, aunque a ella le parece toda una vida. Hace todo lo que quiere hacer. Se pone el pijama y los calcetines, se acurruca en la butaca que ella misma situó junto a la ventana y agarra el libro. Aún queda suficiente luz natural como para no tener que encender la lámpara hasta detro de un rato. Respira profundamente y mira por la ventana. Dos chicos son salpicados por un coche. La lluvia no cesa. Sonríe aliviada por la dicha de estar en casa y toca con la punta del pie el radiador, que ya está casi caliente.
Desde los tiempos de la fundación, José Arcadio Buendía construyó trampas y jaulas. En poco tiempo llenó de turpiales, canarios, azulejos y petirrojos no solo la propia casa, sino todas las de la aldea. *
Cuando más inmersa estaba en la novela de novelas, algo interrumpe su lectura. Llaman al timbre. Mira el reloj. Las diez y media. No sabe quién puede ser. Se levanta perezosa y abre la puerta. -¿Qué haces tú aquí? Le mira extrañada mientras se suelta con disimulo el pelo y se estira el jersey del pijama para colocárselo. Él se queda mirándola fijamente y la sonríe con complicidad. - No te quedes ahí parado. Pasa, hace mucho frío. ¿A qué has venido? ¿Vas a llevarte algo? No creo que quede nada tuyo por aquí a estas alturas. Él cierra la puerta tras de sí y la mira de arriba abajo. Se acerca a ella y sujeta su cara con la misma dulzura con la que lo hizo la primera vez que la besó. En su mirada, ella puede ver aún restos de la inocencia que percibió aquel día y que tan irresistible le pareció. -Creo que aun hay algo aquí que me pertenece -dice él. Y no me refiero a la discografía de Revólver.
* Extracto de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.
Últimamente, la actualidad nos está dejando varias perlitas dignas de análisis y opinión que La Chica de la Trenza no ha tenido tiempo de recoger. La semana pasada vino bien cargadita de polémica política en forma de dimisión post-cacería del Ministro de Justicia. La gestión de este personaje (según los entendidos) no ha sido del todo acertada, dejando tras su paso por el Ministerio, enemistades varias y relaciones polémicas con los intocables miembros del gremio del que era jefe. Mano izquierda, la verdad, no demostró tener y en el oficio que desempeñaba, más vale tener algo más que cintura, ya que manejar a todo un poder estatal no es moco de pavo.
La dimisión, que no deja de ser, por otra parte, un ejercicio de democracia como otro cualquiera y que esos seres pleistocénicos del PP reclamaron olvidando que ellos mismos tuvieron la oportunidad de hacer lo propio en su día, pero que su soberbia no se lo permitió, no es la única noticia polémica de los últimos días. Por sí sola habla la trama de corrupción en la que se está viendo envuelta el partido antes mencionado, aunque Mari Espe, en su línea, no vea tal problema y le reste importancia con la chulería que la caracteriza.
Por si alguien lo ignoraba, el domingo Galicia y Euskadi han tenido elecciones y esto está trayendo cola también. El candidato Feijoo gana sobrado y Touriño pierde un poder que debería haber gestionado mejor porque pocas veces en la vida tiene uno la oportunidad de arrebatarle la presidencia al eterno Fraga, como para desaprovecharla y tirarla por tierra. Yo no digo nada, pero para mí que éste abandona el barco sin más tardar.
En Euskadi sí que hay lío. Porque ninguno ha ganado claramente, o al menos con mayoría absoluta y ahora es momento de pactos y extorsiones varias. Que si pactáis con éstos, nosotros nos enfadamos y os vetamos todas las iniciativas nacionales, que si yo no puedo pactar con nadie porque nadie me quiere... Lo que está claro es que el pueblo vasco quiere un cambio, ya que los dos partidos "nacionales" han elevado notablemente sus escaños y eso algo querrá decir, digo yo.
De los deportes prefiero no hablar. Eso se lo dejo a Rafa que lo hace mucho mejor que yo y con regularidad semanal.
Menos mal que entre tanto rollo político y estratégico, el Presidente Zapatero se ha colado en los medios con una nota de color y de humor que a buen seguro nos hará carcajear a todos menos a él. Un lapsus linguae lo tiene cualquiera, Presi. No se apure...
Todavía sentía en las yemas de sus dedos la tibieza de la piel que acarició con dulzura por última vez hace ya muchos años. Voltea la mano y comprueba que el temblor con el que se ha despertado aquella mañana aún no ha desaparecido. Acerca sus dedos a la nariz con la vana esperanza de percibir el olor del perfume que emanaba cada poro del único cuerpo de hombre al que amó con el corazón y los deslizó después hacia los labios para acariciarlos como sólo él supo acariciarlos. Si cierra los ojos y respira hondo, todavía siente sus manos recorriendo palmo a palmo su cuerpo cuando éste era tan bello como para inspirar versos dulcemente improvisados por él y que le recitaba cuando la luz del alba asomaba por las rendijas de la ventana frente a la que ella hoy ve caer la lluvia. Se tumba y mira al techo desconchado que ha sido todos estos años testigo del trajín de amantes sin nombre, de sexo sin alma, de lágrimas brotando por unos ojos que hoy parecen haberse secado. Se coloca sobre su costado y encoge sus huesudas piernas para sujetarlas con los brazos. Aprieta fuerte las rodillas contra el estómago para hacerse más y más pequeña hasta desparecer bajo las negras sábanas de raso. Cuando el teléfono empieza a sonar no sabe si es un sueño o está ya despierta. Gira la cabeza para comprobar que ya ha amanecido y la lluvia ha cesado por fin. El teléfono sigue sonando inquieto sobre la mesilla, entre un bote de somníferos y un vaso de ginebra. Algo le dice que ha de estirar el brazo y descolgar. ¿Quién sabe qué le espera al otro lado? Tal vez sea la vida que le ofrece una nueva oportunidad. O tal vez esté aún dormida y todo esto sea sólo un mal sueño. Entonces recuerda las canciones que solía escuchar cuando tenía metas por cumplir. Aquellas que le decían que soñara despierta, con los ojos bien abiertos y que ese otro mundo posible dependía de ella. Sólo de ella.