Mi colegio ideal

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Según la Real Academia Española de la Lengua, ideal significa, entre otras acepciones, que no existe sino en el pensamiento; que se acopla perfectamente a una forma o arquetipo; excelente, perfecto en su línea.

Ayer sustituí en mi colegio a una maestra ausente en su clase de Plástica de 4º de Primaria (9-10 años). Sin tiempo para preparar una actividad concreta y en vista de que últimamente todo lo que veo en los medios o incluso lo que tengo a mi alrededor me parece muy mejorable, la palabra ideal vino a convertirse en un recurso didáctico y les dije a mis alumnos que expresaran a través de un dibujo lo que para ellos es su colegio ideal. Teniendo en cuenta que tuve que elevar el tono de mi voz en gran medida porque afuera están construyendo un edificio nuevo, anexo al edificio principal de la escuela y las obras producen unos ruidos muy molestos, deduje que, como mínimo, su colegio ideal no estaría en obras, pero no esperaba en absoluto lo que después vi. La idea, lejos de parecerles una bobada, les encantó y comprobé con mis ojos como los alumnos de estilo reflexivo se tomaron un rato para pensar en lo que después plasmarían sobre el papel y los de estilo ejecutivo, trazaron las primeras líneas inmediatamente después de escuchar la propuesta. Comprobé que los alumnos a los que toda la vida se llamó despistados y que ahora tienen déficit de atención, al volver de su ensoñación, le preguntaron al de al lado la mítica frase ¿Qué hay que hacer? o su versión ¿Qué ha "mandao"?
Las niñas se rodearon de colorines y los niños se apresuraron a dibujar campos de fútbol gigantes (porque hay cosas que ni la coeducación, ni la educación no-sexista pueden cambiar).

Hoy me tocaba dar mi clase habitual de Inglés a este grupo, pero la actividad de ayer, por falta de tiempo, no había recibido respuesta por mi parte, ni se recogió, ni se expuso. Como toda tarea ha de recibir una respuesta, que también conocemos como feedback o retroalimentación, decido hoy posponer mi clase y dar por finalizada la de ayer dando la oportunidad a los chicos de salir, mostrar y describir sus ideales colegios.

He visto coles en forma de estrella, de coche, de campo de fútbol (insisto). Coles enormes en los que el timbre es una campana, las paredes son de muchos colores y hay mucho espacio libre. Casi todos tienen piscina y ludoteca. Algunos, incluso tienen discoteca, lo que me produce una carcajada ¿Habrán estado estos micos en una discoteca alguna vez? Los alumnos en el papel de director o directora, los maestros encerrados en un aula mientras ellos juegan libremente por las instalaciones. Las aulas son muy pequeñas y las sitúan en los extremos del edificio y en el centro, se dibujan a sí mismos en compañía de animales y juguetes. La versión más extremista es la del edificio que se está hundiendo bajo la tierra poco a poco, demostrando que a los nueve años ya se puede aborrecer el colegio.

En cualquier caso, todos ellos me han aportado un pequeño aprendizaje y me han demostrado que el idealismo, aun siendo muy característico de la infancia, es algo que los adultos no deberíamos perder. ¿Por qué no soñar con un trabajo ideal? ¿Con un mundo ideal? ¿Con la pareja o el amigo ideal?
No creo que estos niños hayan llegado al colegio hoy pensando que es una birria en comparación con el colegio ideal que dibujaron ayer. Pero sí es posible que haber reflexionado acerca de ello les conduzca a proponer ideas que lo mejoren y a concienciarse de que la imaginación vuela a pesar de que la realidad no sea tan bonita ni tan divertida.

Tu imaginación también puede volar si la dejas. No dejes que tu jaula de adulto la encierre. Déjala
salir de vez en cuando y observa como te trae pensamientos ideales en los que puedes recrearte, aunque sólo sea por unos segundos. Cuando regreses, trata de no maldecir la miseria que te rodea y saborea ese momento ideal al que te llevó el niño que llevas dentro.


Será que el reloj me duele

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Será que el último verano se escapó en otro metro
Que en este vagón no sale el sol
Que ayer no llamaste por teléfono
Será que es temprano y no quiero ir al trabajo
Será que tu olor nunca llega hasta aquí abajo
Serán tus retrasos...
Será que este contrato temporal no entiende
De tardes de cine ni de amaneceres.

(Será. Ismael Serrano. La traición de Wend
y)


Será que el tiempo pasa deprisa y la gente a la que quiero vive en una montaña rusa para la que yo no he comprado el pase. Será que les veo desde abajo dando vueltas. Ahora arriba, ahora abajo, ahora girando en un bucle del que nadie sabe cómo saldrán parados.
Me agacho para hacerme pequeña. Aprieto los puños deseando hacerme invisible y al ver que no lo consigo, mi frustación me lleva a arañar con las uñas el suelo de asfalto y desear con esa rabia que la justicia sea algo más que un disfraz con toga y mazo.

Será que el vigor de los pocos años está dando paso a la conciencia de la madurez. Será que enfermo al día siguiente, cada vez que canto borracha de madrugada y que el cuerpo ya no me duele unas horas, sino unos días. Y que las dudas que antes me hacían pensar toda la semana me resultan ridículamente fáciles de resolver con un beso de tu boca en mi frente, ya ves.

Será que tengo miedo de pensar que vivo suplicándole a un dios en el que no creo, que me dé otra noche de calor bajo tus sábanas y que me despierte tu mano tibia buscándome por debajo de la ropa antes de que lo haga el primer rayo de sol. Será que me niego a tener que pedirle después perdón, por no conformarme sólo con dormir contigo.

Será que somos más libres pero estamos más jodidos. Será que no debo dar consejos y sí debo aprender a escuchar y a empatizar con una paciencia que no sé si tengo. Pero no me pidas que no me enfade con el mundo si te veo sufrir aunque sólo sea un segundo, si alguien osa borrar esa sonrisa tímida de tus labios, si te arrebatan lo que es tuyo, si cortan tus jóvenes alas.

Será que soy joven, precisamente, para lo que ya no necesito. Será que no tener el poder de detener el tiempo me duele y me frustra no poder hacerlo por ti. Será que deseo encontrarme contigo y decirte que sé que con quererte no basta para hacerte feliz, pero que eso no evitará que te quiera el resto de mi vida.

Será que el reloj me duele.


El fantasma de las navidades pasadas

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Gracias Papá y Mamá

Nacieron a mediados de los cincuenta. Se criaron, ella en el norte y él en el sur de España. Me siento con ellos una tarde de miércoles, con frío y lluvia azotando el ventanal del salón y les pido que me cuenten cómo eran las navidades cuando ellos eran niños. Rápidamente, los recuerdos se agolpan en sus cabezas y sus memorias que, como ya no viven preocupadas de acordarse de todo lo necesario para criar a sus hijos (aunque aún nos siguen criando, en realidad), despiertan deseosas de contar recuerdos de la infancia. Con una sonrisa, me cuentan cosas de la Navidad de su infancia.

Recuerdo que la Navidad empezaba la tarde del 24, que era el día en que ya no había que ir a la escuela por la tarde, dice mi madre. Mi padre no está de acuerdo y cree recordar que las vacaciones se daban el día antes. Discuten, pero eso es lo de menos porque a mí me queda claro que todo empezaba, en realidad en torno a la Nochebuena y no en torno a mediados de octubre, cuando el Corte Inglés se engalana, las calles se visten de luces y la tele bombardea con anuncios de juguetes y turrones. Las vacaciones daban el pistoletazo de salida a unas fiestas que, por ser invernales, tienden a entenderse como hogareñas y de recogimiento. Pero nada más lejos de la realidad. Nos íbamos todos a la plaza de la iglesia y nos juntábamos con todos los niños del pueblo, explica en una explosión de júbilo mi padre. Como estábamos de vacaciones nos dejaban volver más tarde a casa y mientras tanto, íbamos de casa en casa cantando y pidiendo el aguinaldo, sigue exponiendo. Pasábamos por todas las casas de los que estábamos allí.
Dile ahora a los críos que se paseen por su barrio, por su pueblo cantando villancicos e imagina la cara que pondrían si les dieras una moneda de cincuenta céntimos o un euro. Se ríen de ti a la cara.

Mi madre, en constantes referencias al barrio en el que se crío, recuerda algo muy similar. Nos reuníamos todos a cantar villancicos, dice. Era lo que más me gustaba. Entonces veía llegar a mi padre (el abuelo de la abajo firmante) con una caja enorme. La caja contenía todo tipo de dulces navideños que hacían de aquella merienda algo muy especial, según me cuentan. Recuerda con especial ilusión las almendras y los piñones porque a mi abuelo, que es muy goloso, le encantan. Doy fe, que eso lo veo yo con estos ojos cada año. El primer contacto con los dulces navideños que las familias disfrutaban venía, deduzco, en la caja-cesta de navidad de la empresa o algo parecido que, por supuesto, hacía una ilusión loca porque no se habían pasado los dos meses precedentes comiendo de todo ese tipo de cosas.

En respuesta a mi pregunta acerca de la cena de Nochebuena y la comida de Navidad, encuentro similitudes con las de ahora en el hecho de que eran más copiosas de lo habitual y se bebía sidra, pero eran también más humildes y no venían acompañadas por otras cinco o seis cenas o comidas de compromiso en casa de éste o aquél.
No podemos dejar de comentar, dada la vehemencia en la exposición, la importancia que adquirían las tostadas de mi abuela(la madre de mi madre) y sus rosquillas caseras, que se repartían por todo Sobrellano (Comillas) y el pavo murciano de veinte kilos de mi abuelo (el padre de mi padre) que en ocasiones venía vivo hasta el norte en un Seiscientos. Increíble.

Y de ahí a los Reyes sin detenerse demasiado en la Nochevieja. Entre Nochebuena y Reyes las navidades se pasaban jugando en la calle si el tiempo lo permitía y esperando con ilusión la llegada de los Magos de Oriente. Los Reyes eran también diferentes, pero me parece a mí que tenían un encanto que los de ahora han perdido. En primer lugar, eran los únicos regalos mágicos que llegaban a casa, porque Papá Noel no tenía GPS y hasta aquí no llegaba. Normalmente, nos dejaban los regalos en el balcón, explica mi madre, menos el año que nos engañaron y nos pusieron cebollas y carbón de verdad (remarcando lo de "de verdad" para que yo no sospeche que era de esos carbones de azúcar) y luego resultó que los habían escondido en la socarreña. Ese año fue cuando más regalos hubo. Se está refiriendo a dos presentes para cada hermano, no creáis que más. Ahora, se parten de risa cuando les pregunto si les traían lo que ellos pedían. ¡Por supuesto que no!, me dicen. Traían siempre otra cosa. Nosotros pedíamos y pedíamos y nunca traían tanto, pero todo ello, creo yo, formaba parte de ese teatro de ilusiones que era y debería seguir siendo el ritual de los Reyes Magos.

La lluvia ha cesado pero sopla aún un viento fuerte. Las conclusiones por su parte y por la mía son simples, diría yo que de Perogrullo: el encanto de las celebraciones no reside en la cantidad de productos materiales que las adornen o que se ingieran. Reside precisamente en ilusionar a los niños y, con ellos, a los adultos. Reside en la calidad de los eventos, en la capacidad que éstos tienen de entrar por los sentidos y se huelan, se saboreen, se sientan como únicos, como especiales.
Me pregunto si un niño que ahora tenga nueve o diez años recordará dentro de cuarenta años así la Navidad. Mientras, miro por la ventana y me temo que este temporal destrozará la mitad de las bombillas que ya se están comenzando a poner.

(Del delicioso blog Pasen y degusten)

El fantasma de las navidades futuras

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Desde aquí le agradecemos al señor Dickens que nos preste a uno de tus personajes más afamados (Cuento de Navidad, 1843) para titular este humilde post que pretende servir de reflexión sobre algo que nos preocupa.
Gracias, Marcos.



Estamos a finales de octubre y desde hace ya algunas semanas, los centros comerciales de nuestras ciudades se visten de Navidad.
Yo soy poco amiga de las fiestas navideñas por diversas razones. No comparto la parte religiosa de las mismas, no creo que lo de reunirse con la familia traiga sino discusiones y problemas y la parte que podría interesarme y de la que sí participo, es decir, la de comer, beber, salir y hacer regalos, pues bien creo que se haría con o sin un contexto navideño porque interesa y, además, vende.
Y de vender era de lo que venía yo a hablar hoy. De vender Navidad con cualquier excusa, a cualquier precio y, clama al cielo, desde cualquier momento. Cada año tengo la sensación de que se empieza a comerciar con la Navidad más temprano y con menos vergüenza.
La excusa que ponen los comerciantes es que cuanto antes lo pongan a la venta, antes lo empiezan a vender. La de los consumidores, que si no compran ahora, "lo bueno" se acaba enseguida.
Con todo ello, lo que se consigue es que cualquier celebración se convierta en todo un ritual estético que, de forma sugestopédica, nos convence a todos de que debemos comprar para adornar, comprar para comer, comprar para regalar y nos aboca a un consumismo que, aunque lleve ya años instalado en sociedades como la nuestra, no deja de producirme una mezcla entre miedo, rabia e impotencia.

La solución la veo complicada pero tal vez sea más fácil de lo que parece y pase por iniciar una búsqueda. La búsqueda de lo esencial, de lo simple, de lo necesario, de lo que, en realidad, nos hace felices.

De todos los objetos, los que más amo

son los usados.

Las vasijas de cobre con abolladuras y bordes aplastados,

los cuchillos y tenedores cuyos mangos de madera

han sido cogidos por-muchas manos. Éstas son las formas

que me parecen más nobles. Esas losas en torno a viejas casas,

desgastadas de haber sido pisadas tantas veces,

esas losas entre las que crece la hierba, me parecen

objetos felices.

Impregnados del uso de muchos,

a menudo transformados, han ido perfeccionando sus

formas y se han hecho preciosos

porque han sido apreciados muchas veces.

Me gustan incluso los fragmentos de esculturas

con los brazos cortados. Vivieron

también para mí. Cayeron porque fueron trasladadas;

si las derribaron, fue porque no estaban muy altas.

Las construcciones casi en ruinas

parecen todavía proyectos sin acabar,

grandiosos; sus bellas medidas

pueden ya imaginarse, pero aún necesitan

de nuestra comprensión. Y, además,

ya sirvieron, ya fueron superadas incluso. Todas estas cosas me hacen feliz.

(1932)

Bertolt Brecht,

en “Poemas y canciones”.

La chica ideal

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¿Problemas de autoestima? Inseguridades, miedos... ¿Kilos de más? ¿Canas, arrugas, descolgamiento?

¿Quién osó decirte que no eres la chica ideal? ¿Que no han tenido el valor de decírtelo aún?

Si no existe la chica ideal, te dices. Eso es un invento. No puede haber una chica guapa, con dinero, éxito y talento para actuar y cantar y, a pesar de todo, ser sencilla, natural y muy muy atractiva. No existe, me niego.

Yo no estoy tan mal, después de todo. Lo único que me falta es un cantautor con melenita, barba de tres días y guitarra en mano que me cante y... me deje cantar con él.
Total, ¿Qué tiene ella que no tenga yo?



Aysss

PIÉNSALO BIEN

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Una ley que regule la interrupción libre del embarazo concede derechos a mujeres y hombres para decidir si quieren o no tener un hijo.
Una ley que regule el aborto, no obliga a abortar a todas aquellas mujeres que desean tener un hijo o aquellas a las que sus creencias no permiten abortar.
Una ley para y por el aborto libre evita embarazos no deseados, rupturas sentimentales, conflictos familiares y sociales.

¿Quién está en contra de esta ley? Los curas, los obispos, los cardenales. Todos ellos personas que se supone que llevan una vida de celibato, alejados del sexo y de sus consecuencias. No creo que sean los más adecuados, pues, para tratar este tema.
Los grupos políticos y las asociaciones españolas más conservadoras y rancias. Miembros o hijos de miembros de gobiernos franquistas, caracterizados por su falta de tolerancia y su poco sentido de la democracia y de los derechos humanos.

¿Quiénes apoyamos esta ley? Los que llevamos tiempo exigiendo unas condiciones sanitarias dignas para la mujer que desee abortar. Los que otorgamos a la mujer el derecho a decidir si quiere o no traer un hijo al mundo. Los que sabemos que es una decisión dura y complicada y que lo último que les hace falta a estas mujeres es que las estigmaticen y las conviertan en seres clandestinos y las califiquen como asesinas o delincuentes.

¿Y tú qué opinas? Sea lo que sea, piénsalo bien y no seas hipócrita.

El vendedor de granizados (II)

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Cada día de feria, Alba volvió al puesto a disfrutar de un delicioso granizado. Se aficionó tanto al refresco como a Raúl, que siempre tenía alguna historia interesante que contarla. Qué curioso, pensaba ella. No es muy mayor, pero parece haber vivido tanto...
Las horas pasaban deprisa entre granizados y charlas. Alba se sentaba junto a Raúl e incluso le ayudaba a servir cuando la fila se hacía larga. Parecía haber nacido tanto para degustarlos, como para dispensarlos.

¿Y tú, tienes familia? Arriesgó Raúl en una ocasión. Nunca hablas de tus padres y yo ya te he contado toda la historia de mi familia.

Claro que sí, respondió ella risueña. Vivo con mi madre. Las dos solas. No tengo padre... Bueno, sí lo tengo. Mi madre dice que es un poeta que viaja por todo el mundo ofreciendo su poesía. O sea, un vivalavida que la dejó preñada con diecisiete años y no se quiso hacer cargo. O eso, o que era muy pobre y mi abuelo le largó por no ser suficiente para su hijita.

Raúl no pudo por menos que soltar una carcajada. La ironía de Alba le resultaba cercana, recordándole incluso a su propia forma de denunciar aquello que no le gustaba y le hacía reír, al tiempo que le ayudaba a disimular un sollozo de angustia contenida. Sin embargo, Raúl pensaba que la sinceridad de Alba era, sin duda, heredada de su madre. Pero, ¡qué demonios!, pensaba él.¿Cómo podía estar seguro al cien por cien de que era ella?


Y, ¿tú madre no viene por la feria nunca o qué?

¿Mi madre? Jamás. Dice que no le gustan estos sitios con tanta gente y tanto ruido. Pero a mí sí me gusta. Me encanta. Me traía siempre mi abuela y me decía que si me sentía tan bien aquí era porque de alguna manera, pertenecía a todo esto ¡Y mírame, aquí con un amigo feriante que podía ser mi padre, jeje!

El sarcasmo de Alba había llegado demasiado lejos y casi hizo derrumbarse a Raúl. Sin embargo supo detener su confesión pensando en el beneficio de la joven, aunque staba más convencido que nunca de que era ella.

Cada nuevo día, era un día de felicidad para el feriante, pero hacía acercarse el final del periodo de estancia en la ciudad y agotaba sus oportunidades de volver a ver al amor de su vida. Él tampoco se casó nunca. Vivió cada día enamorado de aquella chica de mirada sincera que le escribió una carta cinco años después de aquel verano fatídico para enviarle una foto en cuyo reverso rezaba:

Se llama Alba y es tu hija. Es tuya. Sólo puede ser tuya. La he tenido a pesar de los impedimentos de mi padre, de las palizas, de los insultos. La voy a criar sola y la sacaré adelante por los dos. No vuelvas más por esta ciudad. Te encontrará y te matará. Cuídate.

Mientras desmontaba su puesto, Raúl tenía la certeza de estar haciendo lo correcto y la pena de no querer hacerlo así. Por la tarde, Alba corrió al puesto de Raúl para tomar su ración de granizado, pero el puesto ya no estaba allí. Algunos feriantes habían empezado a desmontar ya sus puestos pero no creyó que él se fuera sin despedirse. Se habían hecho buenos amigos en esos días. La muchacha del puesto de al lado, la llamó por su nombre. Alba se giró sorprendida. Tenía algo que darle de parte de Raúl, dos sobres, concretamente; uno a su nombre y otro a nombre de su madre. ¿Cómo lo sabe? se preguntó. ¿Se lo dije yo? Sin cuestionárselo más, abrió el suyo. La sencillez y el candor de Raúl durante aquellos días no hubieran bastado para que se fiara de él si no fuera porque existía algo mucho más profundo que emanaba de él y que se había colado en su corazón sin apenas darse cuenta. El sobre con su nombre contenía la receta del granizado según la tradición de su familia. Le hizo gracia sentirse heredera de la misma y pensó que tal vez ella le recordaba a aquella hija que él decía que tuvo, pero de la que nunca puedo hacerse cargo.

Cuando llegó a casa le dió a su madre el sobre que le correspondía y, sin contarle nada más (porque le parecía ridículo explicárselo) le dijo que lo leyera. Se trataba de un poema tan bonito como los que le dedicó antaño.
¿De dónde has sacado esto? le increpó entre lágrimas. ¿De dónde lo has sacado?

Alba le explicó lo de Raúl, lo del puesto, lo de su amistad con él. Su madre enjugó las lágrimas y tomó aire para preguntar a su hija qué le había entregado a ella. Cuando ésta le respondió, no pudo por menos que sonreír y abrazarla mientras le decía con voz calma: pues será que hemos tenido suerte en la feria de este año.

El vendedor de granizados (I)

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Aunque ya no era una niña, a Alba le encantaban las fiestas de su ciudad y no se perdía nunca una visita a la feria. Aquel año se sorprendió de la llegada de un nuevo puesto que por sencillo, llamó su atención. El puesto ofrecía granizados de limón, de naranja, de fresa, de café, y también zumos de frutas exóticas. los favoritos de Alba eran los granizados de limón y ansiaba la llegada del verano para empezar a degustar este agridulce refresco. Cuando se acercó, le sorprendió ver que era el único puesto de la feria que no tenía una larga cola de espera, lo cual le hizo dudar de la calidad de lo allí servido. Observó cómo el dueño del puesto, preparaba un vaso a la señora que iba delante de ella y concluyó que aquel hombre ponía un especial esmero en su tarea. Se preguntó si sería tan minucioso en la elaboración del granizado como lo era en el despacho del mismo y recordó con nostalgia los que se toman en tierras calurosas del mediterráneo que, hasta la fecha, eran los mejores que ella había tenido el placer de degustar.

Cuando llegó su turno, Raúl, el feriante, se tomó la misma calma en servir y Alba le observó como aquél que espera que se haga fuego de la nada. Mientras lo hacía verter, la miró a los ojos y sonrió, como le hacía a todos sus clientes. Pero esta vez, el contacto con los ojos de Alba cortó la sonrisa de Raúl y su boca se tornó seria y su mirada, distante. Al darse cuenta de lo feo de su gesto, lo enmendó contándole a la chica que tenía un secreto para hacer el mejor granizado, sabiendo que, de alguna manera, ella iba a apreciar la explicación, pues, lejos de sentirse ofendida, se mostró realmente interesada al tiempo que degustaba el delicioso néctar.
Tan pronto Alba se marchó, despidiéndose con un "Hasta mañana", el feriante se afanó en sacar su cartera del bolsillo y, tras revolver en un montón de papeles y facturas, descubrió una foto de una niña que tenía la sonrisa como ella y miraba a la cámara con la misma mirada curiosa con la que ella le miró mientras contaba su historia.

Ya de madrugada, al volver a la carvana en la que estaba instalado, las lágrimas brotaron cargadas de recuerdos. Recuerdos de aquel verano de los ochenta, cuando él era apenas un adolescente que venía a esta feria con el puesto de granizados y zumos que regentaban sus padres. Recuerdos de aquella chica tan linda de la que se enamoró, que venía de un barrio residencial sólo para beber los granizados que preparaban sus padres y besarse con él a escondidas en la parte de atrás del puesto. Recuerdos de los poemas que la escribió de madrugada para que ella siempre tuviera algo bonito que leer al día siguiente. Recuerdos de la tibieza de la arena de la playa donde hicieron el amor, huyendo de los prejuicios de los mayores. Recuerdos de la paliza que el padre de ella le propinó cuando les sorprendió despidiéndose al lado de su casa y de cómo le insultaba diciéndole que jamás aspirara a estar con una mujer como su hija. Recuerdos de no haberla vuelto a ver. De no haber vuelto a esta ciudad fría y húmeda que aún se le clavaba en los huesos y en el corazón....

CONTINUARÁ

NOTA: Desde La chica de la trenza pelirroja, nos sumamos a la tristeza que ha provocado la muerte de Mercedes Sosa.

¿He hablado ya de la tele?

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¿He hablado ya de la tele? Seguro que sí. Ni me voy a molestar en mirarlo en los archivos del blog porque también puede ser que haya hecho comentarios en los blogs que visito cuando han sacado el tema y me esté confundiendo. Y si he hablado ya de la tele, pues me repito, porque la cosa se está poniendo muy malita.

Miedo me da parecerme a mi octogenario abuelo, pero he de decir que la tele es una mierda. La cuestión es que es una mierda que todos vemos. Unos más, otros menos, pero todos caemos en su red de araña pegajosa que nos atrapa y nos engulle poco a poco hasta que nos deja seco el cerebro y nos inhibe la capacidad de razonar y de distinguir realidad y ficción.

Ante una situación como la anteriormente expuesta, como potenciales presas, hemos de actuar siempre desde la inteligencia. Esto no siempre es fácil pero debemos estar alerta y recordar que siempre que nos sentemos y encendamos la pantalla, nosotros mandamos, nosotros decidimos lo que queremos ver con todas las consecuencias. Este blog se ofrece de forma altruista, sin ánimo de lucro, a aconsejar a los televidentes que así lo deseen acerca de cómo enfrentarse al temido depredador.


En primer lugar, el telespectador ha de tener algo en mente. Por imposible que pueda parecer, por raro o extraño que se les haga, siempre y digo siempre hay un programa mejor que Sálvame. Lo sé, lo sé... Cabe pensar que no hay divertimento mejor ni humor más inteligente que el de Kiko (Gran Hermano) lanzándole una tarta a Lydia Lozano (la que dio por viva a la hija de Albano), mientras Belén Esteban (afamada diabética) devora una bandeja de pasteles. Lo entiendo, pero en serio les digo que la cosa puede y, de hecho, va a empeorar cuando Karmele (la de Karmele y Mariñas) se tumbe con Jorge Javier (ex-pelotilla de culo de Ana Rosa) en el suelo y finjan copular mientras se introducen juguetes eróticos por sus partes.


En segundo lugar y habiendo quedado claro el primer punto tratado, nunca y digo nunca, busque refugio en los brazos de Mamá Antena3. Por lo que más quieran, no se dejen embelesar por su mirada amable y un tono algo más sutil que el de la cadena italiana. Lobos con piel de cordero, se lo digo yo. En dos minutos dejarán de ser unos viciosos para convertirse en unos fachas. Así como se lo digo. Para eso, les ahorro el engaño y les envío directamente a ver Intereconomía, Popular TV, Telemadrid o algo de ese pelo, cuyo resultado final será el mismo, evitando los cansinos, a la par que machistas, telediarios de Matías Prats y algún insufrible partido de fútbol de cuando en cuando. ¿Nos se les ponen los pelos de punta cuando oyen aquello de Territorio Champions? Sí, lo sé, a mí también me pasa.


Si ustedes son de los que encienden el televisor para ver series o cine, éste es el punto que más les va a interesar y vamos a ser muy breves para hacérselo fácil: apaguen el televisor y enciendan el ordenador.
A buen entendedor, pocas palabras bastan. Pero, por si no ha quedado claro, lo que venimos a exponer es que se bajen las series de Internet o se las vean en las webs de las cadenas de televisión sin anuncios desde el día siguiente a la emisión. Y en cuanto a las pelis, qué decir que no sepan ya. Cuatro palabras clave: EN LA SEXTA ¡NO! En la Sexta, eso sí, se pueden montar su propia película si les gustan las mujeres porque, al césar lo que es del césar; abundan y están todas buenas.


Deportes... Ya he dado con usted, querido expectador. El que sólo ve la tele para ponerse al día en deportes. ¡Pues vea Teledeporte, leñe, que pa' eso está! ¡No cometa el error de ver los deportes de Cuatro! Ah, que le gustan los deportes de Cuatro... ¡Pues no sea mentiroso! A usted lo que le gusta es el cotilleo. Que si Laporta dijo esto, que si Florentino lo otro. Que le hemos leído los labios a Guardiola, que hemos juntado a dos hermanos que hoy se enfrentan en un encuentro... Y anda que la cara que puso Cristiano Ronaldo cuando fue sustituido, todo un poema, chico. Todo un poema. ¿Eso es deporte? Venga dios y lo vea.


Yo, ante la duda, me quedo con Wyoming. Y lo que he dicho antes lo sé porque en Cantabria las clases de Infantil y Primaria por la tarde, no empiezan hasta octubre.
Luego se me pasa, lo prometo.



PD: a los que siguen este blog desde fuera de España y/o de su radio de acción televisiva, seguro que no les cuesta establecer una analogía con la televisión de su territorio y contárnoslo. Feel free, guys!

Mujer hoy

Publicado por Laura en
En vista de que el otoño ya se siente en la temperatura y la duración de los días, esta remolona chica trenzada ha de ponerse las pilas y comenzar a escribir con más regularidad, que se está mostrando muy perezosa últimamente y ya hay voces que, emulando al mítico Lázaro, le piden que se levante y ande. El problema es que arrancar es difícil y la inspiración debe de haberse ido a un clima más tropical porque todavía no siente que el frío ya cala por las noches y que las gafas de sol están perdiendo posiciones en favor de un paraguas que gotea cada vez más. Por eso, la vuelta está siendo dura, escalonada y lenta, muy lenta. Sospechosamente lenta ya que casi casi me ha empezado a preocupar que la pelirroja no se haya puesto manos a la obra de una vez y publique con la regularidad esperada. Bueno, esperemos que poco a poco nos vayamos poniendo en forma y la actualidad comience a regalarnos imágenes de esas que a una le dan ganas de escribir, como la que a continuación podéis ver:



Se trata de la tenista Kim Clijsters, que la semana pasada se proclamaba ganadora del US Open y que llamaba mi atención y la de los medios porque lo celebró en la pista en compañía de su hija, Jada, que posaba pizpireta junto a su orgullosa mamá. La tenista ha estado retirada por un periodo de dos años, en el cual fue madre y perdió un lugar en el ranking de la ATP, que ha recuperado con el primer puesto tras la victoria es este prestigioso torneo.


Para mí este acontecimiento tiene una lectura mucho más profunda que la meramente deportiva. Esta mujer representa a muchas mujeres de su generación (y de otras anteriores que lo tuvieron incluso más complicado) que demuestran que compatibilizar la vida personal y la laboral no es fácil, que por intentar ser una buena profesional y una buena madre reciben críticas de sus compañeros, de sus familiares y, lo peor, que acaban sintiéndose culpables y renuncian a una de las dos facetas por desarrollarse plenamente en la otra, creyendo imposible el reto de afrontar ambas.


El caso que nos sirve de trampolín para tratar esta temática, el de Clijsters, lo protagoniza una deportista, con lo que el nivel de incompatibilidad entre el embarazo y el desarrollo profesional aumenta y abre un debate paralelo a ese otro debate social que nos traemos entre manos.

Los tiempos han cambiado y pocas son las mujeres que desean o eligen dedicarse al cuidado de la casa y de los hijos en exclusiva. Es más, ésta ya no es tanto una cuestión de desear o de escoger, sino una obligación por tener éstas una formación académica superior a la de antaño, unas inquietudes profesionales que poner en práctica y una necesidad moral y práctica de aportar dinero a la unidad familiar.
En un tiempo en el que las tareas del hogar tienden a ser compartidas entre hombres y mujeres, en el que hay muchas parejas formadas por personas del mismo sexo, en el que la vida profesional con sus ventajas e inconvenientes atañe a ambas partes, es la naturaleza la que nos recuerda que en cuestión de embarazos, las mujeres tenemos la exclusividad. Que parimos, que damos de mamar a nuestros bebés y que -y esto no es exclusivo pero empiezo a creer que sí es genérico-, llevamos el peso de la crianza, de la educación y del bienestar de nuestros hijos. Con esto no pretendo polemizar ni comenzar un debate al estilo "quién pone más", más bien me limito a transmitir un sentir muy extendido entre las mujeres. Muchas, incluso, llegan a afirmar que la mujer está actualmente más explotada que antes porque ha de ocuparse igualmente del hogar y de los hijos además de salir a trabajar fuera de casa.


Aprovecho pues, para pedir vuestra opinión al respecto de este tema del que parece inevitable hablar sin parecer sexista, opinar sin encontrarte con una polémica y que, sin duda, da aún mucho juego para el intercambio de visiones y experiencias.
Como veis, La chica de la trenza pelirroja no sólo vuelve poco a poco, sino que encima os pone deberes...