El fantasma de las navidades pasadas
Nacieron a mediados de los cincuenta. Se criaron, ella en el norte y él en el sur de España. Me siento con ellos una tarde de miércoles, con frío y lluvia azotando el ventanal del salón y les pido que me cuenten cómo eran las navidades cuando ellos eran niños. Rápidamente, los recuerdos se agolpan en sus cabezas y sus memorias que, como ya no viven preocupadas de acordarse de todo lo necesario para criar a sus hijos (aunque aún nos siguen criando, en realidad), despiertan deseosas de contar recuerdos de la infancia. Con una sonrisa, me cuentan cosas de la Navidad de su infancia.
Recuerdo que la Navidad empezaba la tarde del 24, que era el día en que ya no había que ir a la escuela por la tarde, dice mi madre. Mi padre no está de acuerdo y cree recordar que las vacaciones se daban el día antes. Discuten, pero eso es lo de menos porque a mí me queda claro que todo empezaba, en realidad en torno a la Nochebuena y no en torno a mediados de octubre, cuando el Corte Inglés se engalana, las calles se visten de luces y la tele bombardea con anuncios de juguetes y turrones. Las vacaciones daban el pistoletazo de salida a unas fiestas que, por ser invernales, tienden a entenderse como hogareñas y de recogimiento. Pero nada más lejos de la realidad. Nos íbamos todos a la plaza de la iglesia y nos juntábamos con todos los niños del pueblo, explica en una explosión de júbilo mi padre. Como estábamos de vacaciones nos dejaban volver más tarde a casa y mientras tanto, íbamos de casa en casa cantando y pidiendo el aguinaldo, sigue exponiendo. Pasábamos por todas las casas de los que estábamos allí.
Dile ahora a los críos que se paseen por su barrio, por su pueblo cantando villancicos e imagina la cara que pondrían si les dieras una moneda de cincuenta céntimos o un euro. Se ríen de ti a la cara.
Mi madre, en constantes referencias al barrio en el que se crío, recuerda algo muy similar. Nos reuníamos todos a cantar villancicos, dice. Era lo que más me gustaba. Entonces veía llegar a mi padre (el abuelo de la abajo firmante) con una caja enorme. La caja contenía todo tipo de dulces navideños que hacían de aquella merienda algo muy especial, según me cuentan. Recuerda con especial ilusión las almendras y los piñones porque a mi abuelo, que es muy goloso, le encantan. Doy fe, que eso lo veo yo con estos ojos cada año. El primer contacto con los dulces navideños que las familias disfrutaban venía, deduzco, en la caja-cesta de navidad de la empresa o algo parecido que, por supuesto, hacía una ilusión loca porque no se habían pasado los dos meses precedentes comiendo de todo ese tipo de cosas.
En respuesta a mi pregunta acerca de la cena de Nochebuena y la comida de Navidad, encuentro similitudes con las de ahora en el hecho de que eran más copiosas de lo habitual y se bebía sidra, pero eran también más humildes y no venían acompañadas por otras cinco o seis cenas o comidas de compromiso en casa de éste o aquél.
No podemos dejar de comentar, dada la vehemencia en la exposición, la importancia que adquirían las tostadas de mi abuela(la madre de mi madre) y sus rosquillas caseras, que se repartían por todo Sobrellano (Comillas) y el pavo murciano de veinte kilos de mi abuelo (el padre de mi padre) que en ocasiones venía vivo hasta el norte en un Seiscientos. Increíble.
Y de ahí a los Reyes sin detenerse demasiado en la Nochevieja. Entre Nochebuena y Reyes las navidades se pasaban jugando en la calle si el tiempo lo permitía y esperando con ilusión la llegada de los Magos de Oriente. Los Reyes eran también diferentes, pero me parece a mí que tenían un encanto que los de ahora han perdido. En primer lugar, eran los únicos regalos mágicos que llegaban a casa, porque Papá Noel no tenía GPS y hasta aquí no llegaba. Normalmente, nos dejaban los regalos en el balcón, explica mi madre, menos el año que nos engañaron y nos pusieron cebollas y carbón de verdad (remarcando lo de "de verdad" para que yo no sospeche que era de esos carbones de azúcar) y luego resultó que los habían escondido en la socarreña. Ese año fue cuando más regalos hubo. Se está refiriendo a dos presentes para cada hermano, no creáis que más. Ahora, se parten de risa cuando les pregunto si les traían lo que ellos pedían. ¡Por supuesto que no!, me dicen. Traían siempre otra cosa. Nosotros pedíamos y pedíamos y nunca traían tanto, pero todo ello, creo yo, formaba parte de ese teatro de ilusiones que era y debería seguir siendo el ritual de los Reyes Magos.
La lluvia ha cesado pero sopla aún un viento fuerte. Las conclusiones por su parte y por la mía son simples, diría yo que de Perogrullo: el encanto de las celebraciones no reside en la cantidad de productos materiales que las adornen o que se ingieran. Reside precisamente en ilusionar a los niños y, con ellos, a los adultos. Reside en la calidad de los eventos, en la capacidad que éstos tienen de entrar por los sentidos y se huelan, se saboreen, se sientan como únicos, como especiales.
Me pregunto si un niño que ahora tenga nueve o diez años recordará dentro de cuarenta años así la Navidad. Mientras, miro por la ventana y me temo que este temporal destrozará la mitad de las bombillas que ya se están comenzando a poner.
El fantasma de las navidades futuras
Gracias, Marcos.

Estamos a finales de octubre y desde hace ya algunas semanas, los centros comerciales de nuestras ciudades se visten de Navidad.
Yo soy poco amiga de las fiestas navideñas por diversas razones. No comparto la parte religiosa de las mismas, no creo que lo de reunirse con la familia traiga sino discusiones y problemas y la parte que podría interesarme y de la que sí participo, es decir, la de comer, beber, salir y hacer regalos, pues bien creo que se haría con o sin un contexto navideño porque interesa y, además, vende.
Y de vender era de lo que venía yo a hablar hoy. De vender Navidad con cualquier excusa, a cualquier precio y, clama al cielo, desde cualquier momento. Cada año tengo la sensación de que se empieza a comerciar con la Navidad más temprano y con menos vergüenza.
La excusa que ponen los comerciantes es que cuanto antes lo pongan a la venta, antes lo empiezan a vender. La de los consumidores, que si no compran ahora, "lo bueno" se acaba enseguida.
Con todo ello, lo que se consigue es que cualquier celebración se convierta en todo un ritual estético que, de forma sugestopédica, nos convence a todos de que debemos comprar para adornar, comprar para comer, comprar para regalar y nos aboca a un consumismo que, aunque lleve ya años instalado en sociedades como la nuestra, no deja de producirme una mezcla entre miedo, rabia e impotencia.
La solución la veo complicada pero tal vez sea más fácil de lo que parece y pase por iniciar una búsqueda. La búsqueda de lo esencial, de lo simple, de lo necesario, de lo que, en realidad, nos hace felices.
De todos los objetos, los que más amo
son los usados.
Las vasijas de cobre con abolladuras y bordes aplastados,
los cuchillos y tenedores cuyos mangos de madera
han sido cogidos por-muchas manos. Éstas son las formas
que me parecen más nobles. Esas losas en torno a viejas casas,
desgastadas de haber sido pisadas tantas veces,
esas losas entre las que crece la hierba, me parecen
objetos felices.
Impregnados del uso de muchos,
a menudo transformados, han ido perfeccionando sus
formas y se han hecho preciosos
porque han sido apreciados muchas veces.
Me gustan incluso los fragmentos de esculturas
con los brazos cortados. Vivieron
también para mí. Cayeron porque fueron trasladadas;
si las derribaron, fue porque no estaban muy altas.
Las construcciones casi en ruinas
parecen todavía proyectos sin acabar,
grandiosos; sus bellas medidas
pueden ya imaginarse, pero aún necesitan
de nuestra comprensión. Y, además,
ya sirvieron, ya fueron superadas incluso. Todas estas cosas me hacen feliz.
(1932)
Bertolt Brecht,
en “Poemas y canciones”.
La chica ideal
¿Quién osó decirte que no eres la chica ideal? ¿Que no han tenido el valor de decírtelo aún?
Si no existe la chica ideal, te dices. Eso es un invento. No puede haber una chica guapa, con dinero, éxito y talento para actuar y cantar y, a pesar de todo, ser sencilla, natural y muy muy atractiva. No existe, me niego.
Yo no estoy tan mal, después de todo. Lo único que me falta es un cantautor con melenita, barba de tres días y guitarra en mano que me cante y... me deje cantar con él.
Total, ¿Qué tiene ella que no tenga yo?
Aysss
PIÉNSALO BIEN
Una ley que regule la interrupción libre del embarazo concede derechos a mujeres y hombres para decidir si quieren o no tener un hijo.
Una ley que regule el aborto, no obliga a abortar a todas aquellas mujeres que desean tener un hijo o aquellas a las que sus creencias no permiten abortar.
Una ley para y por el aborto libre evita embarazos no deseados, rupturas sentimentales, conflictos familiares y sociales.
¿Quién está en contra de esta ley? Los curas, los obispos, los cardenales. Todos ellos personas que se supone que llevan una vida de celibato, alejados del sexo y de sus consecuencias. No creo que sean los más adecuados, pues, para tratar este tema.
Los grupos políticos y las asociaciones españolas más conservadoras y rancias. Miembros o hijos de miembros de gobiernos franquistas, caracterizados por su falta de tolerancia y su poco sentido de la democracia y de los derechos humanos.
¿Quiénes apoyamos esta ley? Los que llevamos tiempo exigiendo unas condiciones sanitarias dignas para la mujer que desee abortar. Los que otorgamos a la mujer el derecho a decidir si quiere o no traer un hijo al mundo. Los que sabemos que es una decisión dura y complicada y que lo último que les hace falta a estas mujeres es que las estigmaticen y las conviertan en seres clandestinos y las califiquen como asesinas o delincuentes.
¿Y tú qué opinas? Sea lo que sea, piénsalo bien y no seas hipócrita.
El vendedor de granizados (II)
Las horas pasaban deprisa entre granizados y charlas. Alba se sentaba junto a Raúl e incluso le ayudaba a servir cuando la fila se hacía larga. Parecía haber nacido tanto para degustarlos, como para dispensarlos.
¿Y tú, tienes familia? Arriesgó Raúl en una ocasión. Nunca hablas de tus padres y yo ya te he contado toda la historia de mi familia.
Claro que sí, respondió ella risueña. Vivo con mi madre. Las dos solas. No tengo padre... Bueno, sí lo tengo. Mi madre dice que es un poeta que viaja por todo el mundo ofreciendo su poesía. O sea, un vivalavida que la dejó preñada con diecisiete años y no se quiso hacer cargo. O eso, o que era muy pobre y mi abuelo le largó por no ser suficiente para su hijita.
Raúl no pudo por menos que soltar una carcajada. La ironía de Alba le resultaba cercana, recordándole incluso a su propia forma de denunciar aquello que no le gustaba y le hacía reír, al tiempo que le ayudaba a disimular un sollozo de angustia contenida. Sin embargo, Raúl pensaba que la sinceridad de Alba era, sin duda, heredada de su madre. Pero, ¡qué demonios!, pensaba él.¿Cómo podía estar seguro al cien por cien de que era ella?
Y, ¿tú madre no viene por la feria nunca o qué?
¿Mi madre? Jamás. Dice que no le gustan estos sitios con tanta gente y tanto ruido. Pero a mí sí me gusta. Me encanta. Me traía siempre mi abuela y me decía que si me sentía tan bien aquí era porque de alguna manera, pertenecía a todo esto ¡Y mírame, aquí con un amigo feriante que podía ser mi padre, jeje!
El sarcasmo de Alba había llegado demasiado lejos y casi hizo derrumbarse a Raúl. Sin embargo supo detener su confesión pensando en el beneficio de la joven, aunque staba más convencido que nunca de que era ella.
Cada nuevo día, era un día de felicidad para el feriante, pero hacía acercarse el final del periodo de estancia en la ciudad y agotaba sus oportunidades de volver a ver al amor de su vida. Él tampoco se casó nunca. Vivió cada día enamorado de aquella chica de mirada sincera que le escribió una carta cinco años después de aquel verano fatídico para enviarle una foto en cuyo reverso rezaba:
Se llama Alba y es tu hija. Es tuya. Sólo puede ser tuya. La he tenido a pesar de los impedimentos de mi padre, de las palizas, de los insultos. La voy a criar sola y la sacaré adelante por los dos. No vuelvas más por esta ciudad. Te encontrará y te matará. Cuídate.
Mientras desmontaba su puesto, Raúl tenía la certeza de estar haciendo lo correcto y la pena de no querer hacerlo así. Por la tarde, Alba corrió al puesto de Raúl para tomar su ración de granizado, pero el puesto ya no estaba allí. Algunos feriantes habían empezado a desmontar ya sus puestos pero no creyó que él se fuera sin despedirse. Se habían hecho buenos amigos en esos días. La muchacha del puesto de al lado, la llamó por su nombre. Alba se giró sorprendida. Tenía algo que darle de parte de Raúl, dos sobres, concretamente; uno a su nombre y otro a nombre de su madre. ¿Cómo lo sabe? se preguntó. ¿Se lo dije yo? Sin cuestionárselo más, abrió el suyo. La sencillez y el candor de Raúl durante aquellos días no hubieran bastado para que se fiara de él si no fuera porque existía algo mucho más profundo que emanaba de él y que se había colado en su corazón sin apenas darse cuenta. El sobre con su nombre contenía la receta del granizado según la tradición de su familia. Le hizo gracia sentirse heredera de la misma y pensó que tal vez ella le recordaba a aquella hija que él decía que tuvo, pero de la que nunca puedo hacerse cargo.
Cuando llegó a casa le dió a su madre el sobre que le correspondía y, sin contarle nada más (porque le parecía ridículo explicárselo) le dijo que lo leyera. Se trataba de un poema tan bonito como los que le dedicó antaño.
¿De dónde has sacado esto? le increpó entre lágrimas. ¿De dónde lo has sacado?
Alba le explicó lo de Raúl, lo del puesto, lo de su amistad con él. Su madre enjugó las lágrimas y tomó aire para preguntar a su hija qué le había entregado a ella. Cuando ésta le respondió, no pudo por menos que sonreír y abrazarla mientras le decía con voz calma: pues será que hemos tenido suerte en la feria de este año.
El vendedor de granizados (I)
Cuando llegó su turno, Raúl, el feriante, se tomó la misma calma en servir y Alba le observó como aquél que espera que se haga fuego de la nada. Mientras lo hacía verter, la miró a los ojos y sonrió, como le hacía a todos sus clientes. Pero esta vez, el contacto con los ojos de Alba cortó la sonrisa de Raúl y su boca se tornó seria y su mirada, distante. Al darse cuenta de lo feo de su gesto, lo enmendó contándole a la chica que tenía un secreto para hacer el mejor granizado, sabiendo que, de alguna manera, ella iba a apreciar la explicación, pues, lejos de sentirse ofendida, se mostró realmente interesada al tiempo que degustaba el delicioso néctar.
Tan pronto Alba se marchó, despidiéndose con un "Hasta mañana", el feriante se afanó en sacar su cartera del bolsillo y, tras revolver en un montón de papeles y facturas, descubrió una foto de una niña que tenía la sonrisa como ella y miraba a la cámara con la misma mirada curiosa con la que ella le miró mientras contaba su historia.
Ya de madrugada, al volver a la carvana en la que estaba instalado, las lágrimas brotaron cargadas de recuerdos. Recuerdos de aquel verano de los ochenta, cuando él era apenas un adolescente que venía a esta feria con el puesto de granizados y zumos que regentaban sus padres. Recuerdos de aquella chica tan linda de la que se enamoró, que venía de un barrio residencial sólo para beber los granizados que preparaban sus padres y besarse con él a escondidas en la parte de atrás del puesto. Recuerdos de los poemas que la escribió de madrugada para que ella siempre tuviera algo bonito que leer al día siguiente. Recuerdos de la tibieza de la arena de la playa donde hicieron el amor, huyendo de los prejuicios de los mayores. Recuerdos de la paliza que el padre de ella le propinó cuando les sorprendió despidiéndose al lado de su casa y de cómo le insultaba diciéndole que jamás aspirara a estar con una mujer como su hija. Recuerdos de no haberla vuelto a ver. De no haber vuelto a esta ciudad fría y húmeda que aún se le clavaba en los huesos y en el corazón....
CONTINUARÁ
NOTA: Desde La chica de la trenza pelirroja, nos sumamos a la tristeza que ha provocado la muerte de Mercedes Sosa.
¿He hablado ya de la tele?
Miedo me da parecerme a mi octogenario abuelo, pero he de decir que la tele es una mierda. La cuestión es que es una mierda que todos vemos. Unos más, otros menos, pero todos caemos en su red de araña pegajosa que nos atrapa y nos engulle poco a poco hasta que nos deja seco el cerebro y nos inhibe la capacidad de razonar y de distinguir realidad y ficción.
Ante una situación como la anteriormente expuesta, como potenciales presas, hemos de actuar siempre desde la inteligencia. Esto no siempre es fácil pero debemos estar alerta y recordar que siempre que nos sentemos y encendamos la pantalla, nosotros mandamos, nosotros decidimos lo que queremos ver con todas las consecuencias. Este blog se ofrece de forma altruista, sin ánimo de lucro, a aconsejar a los televidentes que así lo deseen acerca de cómo enfrentarse al temido depredador.
En primer lugar, el telespectador ha de tener algo en mente. Por imposible que pueda parecer, por raro o extraño que se les haga, siempre y digo siempre hay un programa mejor que Sálvame. Lo sé, lo sé... Cabe pensar que no hay divertimento mejor ni humor más inteligente que el de Kiko (Gran Hermano) lanzándole una tarta a Lydia Lozano (la que dio por viva a la hija de Albano), mientras Belén Esteban (afamada diabética) devora una bandeja de pasteles. Lo entiendo, pero en serio les digo que la cosa puede y, de hecho, va a empeorar cuando Karmele (la de Karmele y Mariñas) se tumbe con Jorge Javier (ex-pelotilla de culo de Ana Rosa) en el suelo y finjan copular mientras se introducen juguetes eróticos por sus partes.
En segundo lugar y habiendo quedado claro el primer punto tratado, nunca y digo nunca, busque refugio en los brazos de Mamá Antena3. Por lo que más quieran, no se dejen embelesar por su mirada amable y un tono algo más sutil que el de la cadena italiana. Lobos con piel de cordero, se lo digo yo. En dos minutos dejarán de ser unos viciosos para convertirse en unos fachas. Así como se lo digo. Para eso, les ahorro el engaño y les envío directamente a ver Intereconomía, Popular TV, Telemadrid o algo de ese pelo, cuyo resultado final será el mismo, evitando los cansinos, a la par que machistas, telediarios de Matías Prats y algún insufrible partido de fútbol de cuando en cuando. ¿Nos se les ponen los pelos de punta cuando oyen aquello de Territorio Champions? Sí, lo sé, a mí también me pasa.
Si ustedes son de los que encienden el televisor para ver series o cine, éste es el punto que más les va a interesar y vamos a ser muy breves para hacérselo fácil: apaguen el televisor y enciendan el ordenador.
A buen entendedor, pocas palabras bastan. Pero, por si no ha quedado claro, lo que venimos a exponer es que se bajen las series de Internet o se las vean en las webs de las cadenas de televisión sin anuncios desde el día siguiente a la emisión. Y en cuanto a las pelis, qué decir que no sepan ya. Cuatro palabras clave: EN LA SEXTA ¡NO! En la Sexta, eso sí, se pueden montar su propia película si les gustan las mujeres porque, al césar lo que es del césar; abundan y están todas buenas.
Deportes... Ya he dado con usted, querido expectador. El que sólo ve la tele para ponerse al día en deportes. ¡Pues vea Teledeporte, leñe, que pa' eso está! ¡No cometa el error de ver los deportes de Cuatro! Ah, que le gustan los deportes de Cuatro... ¡Pues no sea mentiroso! A usted lo que le gusta es el cotilleo. Que si Laporta dijo esto, que si Florentino lo otro. Que le hemos leído los labios a Guardiola, que hemos juntado a dos hermanos que hoy se enfrentan en un encuentro... Y anda que la cara que puso Cristiano Ronaldo cuando fue sustituido, todo un poema, chico. Todo un poema. ¿Eso es deporte? Venga dios y lo vea.
Yo, ante la duda, me quedo con Wyoming. Y lo que he dicho antes lo sé porque en Cantabria las clases de Infantil y Primaria por la tarde, no empiezan hasta octubre.
Luego se me pasa, lo prometo.
PD: a los que siguen este blog desde fuera de España y/o de su radio de acción televisiva, seguro que no les cuesta establecer una analogía con la televisión de su territorio y contárnoslo. Feel free, guys!
Mujer hoy
Se trata de la tenista Kim Clijsters, que la semana pasada se proclamaba ganadora del US Open y que llamaba mi atención y la de los medios porque lo celebró en la pista en compañía de su hija, Jada, que posaba pizpireta junto a su orgullosa mamá. La tenista ha estado retirada por un periodo de dos años, en el cual fue madre y perdió un lugar en el ranking de la ATP, que ha recuperado con el primer puesto tras la victoria es este prestigioso torneo.
Para mí este acontecimiento tiene una lectura mucho más profunda que la meramente deportiva. Esta mujer representa a muchas mujeres de su generación (y de otras anteriores que lo tuvieron incluso más complicado) que demuestran que compatibilizar la vida personal y la laboral no es fácil, que por intentar ser una buena profesional y una buena madre reciben críticas de sus compañeros, de sus familiares y, lo peor, que acaban sintiéndose culpables y renuncian a una de las dos facetas por desarrollarse plenamente en la otra, creyendo imposible el reto de afrontar ambas.
El caso que nos sirve de trampolín para tratar esta temática, el de Clijsters, lo protagoniza una deportista, con lo que el nivel de incompatibilidad entre el embarazo y el desarrollo profesional aumenta y abre un debate paralelo a ese otro debate social que nos traemos entre manos.
Los tiempos han cambiado y pocas son las mujeres que desean o eligen dedicarse al cuidado de la casa y de los hijos en exclusiva. Es más, ésta ya no es tanto una cuestión de desear o de escoger, sino una obligación por tener éstas una formación académica superior a la de antaño, unas inquietudes profesionales que poner en práctica y una necesidad moral y práctica de aportar dinero a la unidad familiar.
En un tiempo en el que las tareas del hogar tienden a ser compartidas entre hombres y mujeres, en el que hay muchas parejas formadas por personas del mismo sexo, en el que la vida profesional con sus ventajas e inconvenientes atañe a ambas partes, es la naturaleza la que nos recuerda que en cuestión de embarazos, las mujeres tenemos la exclusividad. Que parimos, que damos de mamar a nuestros bebés y que -y esto no es exclusivo pero empiezo a creer que sí es genérico-, llevamos el peso de la crianza, de la educación y del bienestar de nuestros hijos. Con esto no pretendo polemizar ni comenzar un debate al estilo "quién pone más", más bien me limito a transmitir un sentir muy extendido entre las mujeres. Muchas, incluso, llegan a afirmar que la mujer está actualmente más explotada que antes porque ha de ocuparse igualmente del hogar y de los hijos además de salir a trabajar fuera de casa.
Aprovecho pues, para pedir vuestra opinión al respecto de este tema del que parece inevitable hablar sin parecer sexista, opinar sin encontrarte con una polémica y que, sin duda, da aún mucho juego para el intercambio de visiones y experiencias.
Como veis, La chica de la trenza pelirroja no sólo vuelve poco a poco, sino que encima os pone deberes...
No me ames más, ámame mejor.
Un pinchazo agudo en la sien le recordó la fiesta sorpresa de la noche anterior y la razón por la que no debía haberse levantado tan temprano. El olor a café activó una leve gana de recoger y fregar los restos de la cena, del champán, de la tarta, mientras el tocadiscos hacía sonar Nowhere Man.
Mientras se servía el café, recibió un mensaje de texto en su teléfono. Mi regalo será amarte más y más cada día de este nuevo año de tu vida. Feliz día de tu cumpleaños. Recordó que él, al contrario que ella, que se encontarba de vacaciones, tenía que madrugar para ir a trabajar y que anoche se había quedado hasta el final de la fiesta. Recordó vagamente cómo la desnudó y la acostó delicadamente cuando su ebria voluntad no le permitía hacerlo autónomamente. Recordó el sonido de la ducha muy temprano y cogió el móvil. Gracias. Lo siento, pero no puedo quedar para comer como dijimos. No tengo fuerzas...ni estómago. Ven a casa, prepararé algo.
En la ducha, cantó Michelle acompañando al tocadiscos. Desempañó el espejo del baño con la toalla y buscó una nueva cana en su pelo mientras se lo desenredaba. La alarma del horno la avisó de que la pasta ya estaba gratinada.
Él entró despacio mientras ella sacaba la fuente del horno y la ponía con cuidado sobre la vitrocerámica. La observó desde el recibidor mientras se desprendía de las llaves y aflojaba el nudo de su corbata. Estaba tan hermosa con su pelo ondulado humedeciendo el camisón que la cubría que no pudo resistir la tentación de sorprenderla y abrazarla por detrás, depositando un cálido beso en su cuello, que sabía, tal y como él esperaba, a colonia de bebé. Deja eso y ven conmigo a la cama. Ella sonrió con falsa timidez y se dejó arrastrar por él al dormitorio.
La tumbó sobre las sábanas revueltas y besó su frente, su nariz y su barbilla.
Así que éste es mi regalo, ¿no? Inquirió con picardía mientras le desataba con cadencia los botones la camisa.
Él mordió el tirante de su camisón y lo hizo descender sobre su brazo. Rozó con sus labios el hombro de ella y confesó.
He cambiado de opinión. He pensado que no te amaré más cada día. Te amaré cada día mejor.
Crónica de una boda anunciada
Y sin embargo, se casaron el sábado. Los familiares estaban emocionados y los amigos, lo comprobé en mis propias carnes, también. Un día excelente y un paraje excepcional (El Palacio de la Magdalena de Santander), acompañaron a los novios en su día especial. Ella estaba tan bella como emocionada. Él, más guapo que nunca, estuvo sereno y sonriente.
Y nosotros, los amigos, los colegas, los compañeros de juergas, de viajes, de sueños, de delirios, de amores, de penas, de alegrías. Nosotros estuvimos allí con ellos sintiendo, acompañando, recordando viejos tiempos, dándonos cuenta de que el paso del tiempo no nos ha cambiado tanto, después de todo. Porque después de todo, el tiempo ha respetado la esencia de nuestros corazones y nosotros no hemos permitido, ni permitiremos que se borre el recuerdo de los momentos que nos hicieron soñar despiertos con lo que hoy es un hecho. Que somos amigos y que eso, nada ni nadie lo cambiará.
Felicidades y gracias por un día maravilloso.

