
-Bien, Señorita Cooper...
El señor Rodgers miraba con detenimiento y escaneaba cada línea del currículum de Elinor Cooper intentando detectar la manera de ponerla en un aprieto y decidir si era o no apta para el puesto. Se había planteado que le ocurriera lo que precisamente esa mañana de otoño le estaba pasando, pero hasta que no se tuvo que enfrentar a ello, no se percató del peligro real que suponía que aquellos ojos fijos le sostuvieran la mirada durante tanto tiempo y aquellos labios sensualmente carnosos contestaran con precisión cada una de sus felinas preguntas de entrevistador. Sabía que su recién otorgado cargo de director del Departamento de Recursos Humanos acarreaba el peso de las entrevistas más importantes y la decisión recaía casi en exclusiva sobre él, pero nunca antes tuvo que aplacar sus primarios instintos para no saltarse las rígidas normas de la compañía y contratar a esa mujer por el solo hecho de poder disfrutar a diario de su compañía, oler su perfume afrutado cuando la encontrara en el ascensor y disfrutar charlando con ella a la hora del café.
- Según su currículum y la carta de recomendación de su empresa, es usted una experta en estadística computacional y se ajusta perfectamente a las características de la vacante ofertada por nuestra compañía. Además, sus estudios de doctorado indican una...
Al tiempo que exponía razones que justificaban más que de sobra la contratación de la candidata, Sean Rodgers sabía que no estaba siendo lo objetivo y escrupuloso que de él se esperaba. Siempre fue un niño prodigio, un as en los estudios y un crack en su profesión. Su inteligencia, acompañada de una gran intuición y sentido de la justicia le hicieron ascender pronto y alcanzar, a su corta edad, un puesto de responsabilidad.
Tal vez no esté preparado para esta responsabilidad, se dijo tratando de excusar su pueril comportamiento.
Supuso que para terminar dignamente la entrevista debía concluirla cuanto antes y soltó un comentario que encerraba una pregunta interesante mientras hacía que se fijaba en el lugar de origen de Elinor Cooper.
- ¿Y qué le trae por Southampton a una chica de Nueva Inglaterra? Mientras formulaba la pregunta, a su cabeza se venían los acordes de una canción que sus padres escuchaban en el tocadiscos cuando él era pequeño y que decía algo como Sweet New England.
Elinor le sonrió con complicidad, relajándose por primera vez desde que entró por la puerta la compañía y tomó el ascensor para acudir al despacho de Rodgers.
-¿Buscando tus orígenes?, continuó Rodgers riendo su propia gracia y sintiéndose esta vez más ridículo que nunca, lo que le llevó a pensar que quizá no fue una buena idea romper el hielo y dejar de ser un hierático entrevistador. La canción era de Simon & Garfunkel, ¿no?, pensaba sin poder detener los compases en su cabeza.
Elinor respondió con simpleza que sus orígenes, en todo caso, eran irlandeses y le soltó una frase cliché del tipo Me apetece vivir en Europa, viajar y disfrutar de la cultura del viejo continente para contestar a su pregunta.
La entrevista concluyó con éxito y dos semanas después Elinor Cooper fue contratada por la empresa. Cuando coincidían en el ascensor, Sean podía respirar de cerca su perfume y descubrir que el afrutado olor que la caracterizaba y la hacía irresistiblemente atractiva provenía también de su cabello. A la hora del café, Sean y Elinor charlaban junto a otros compañeros, mientras a él le seguían viniendo a la mente los acordes de la canción de su infancia cada vez que pensaba en ella o la veía. Era de Paul Simon, definitivamente.
Casi nunca coincidían a la hora de la salida, pues las responsabilidades del puesto de Rodgers le obligaban a permanecer más tiempo en la oficina. Un día, al bajar al parking vio a una mujer encerrada en su coche llorando. Era Elinor, sin duda. Se acercó para comprobarlo y tocó con los nudillos la ventanilla para que ella la abriera. Al ser descubierta, Elinor se secó las lágrimas y trató de recobrar la compostura. Arrancó el motor avergonzada y salió a trompicones de la plaza. Habían pasado varias semanas desde que se instaló en la ciudad, pero aún no le había cogido el punto a los coches europeos. Algo le dijo que se detuviera y bajó la ventanilla despacio mientras se disculpaba por llorar como una idiota al escuchar una canción de su infancia. Sean sonrió al comprobar que la canción que ella escuchaba era la misma que rondaba una y otra vez su cabeza desde que la conoció. Se miraron un instante y la risa les invadió sin razón aparente.
-Anda, sube al coche. Elinor invitó a su jefe dando un suave golpecito al asiento vacío de su izquierda al tiempo que se mordía con picardía el labio.- Tienes que enseñarme a manejar estos trastos europeos por la izquierda.






