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viernes, 30 de octubre de 2009

El fantasma de las navidades futuras

Desde aquí le agradecemos al señor Dickens que nos preste a uno de tus personajes más afamados (Cuento de Navidad, 1843) para titular este humilde post que pretende servir de reflexión sobre algo que nos preocupa.
Gracias, Marcos.


Estamos a finales de octubre y desde hace ya algunas semanas, los centros comerciales de nuestras ciudades se visten de Navidad.
Yo soy poco amiga de las fiestas navideñas por diversas razones. No comparto la parte religiosa de las mismas, no creo que lo de reunirse con la familia traiga sino discusiones y problemas y la parte que podría interesarme y de la que sí participo, es decir, la de comer, beber, salir y hacer regalos, pues bien creo que se haría con o sin un contexto navideño porque interesa y, además, vende.
Y de vender era de lo que venía yo a hablar hoy. De vender Navidad con cualquier excusa, a cualquier precio y, clama al cielo, desde cualquier momento. Cada año tengo la sensación de que se empieza a comerciar con la Navidad más temprano y con menos vergüenza.
La excusa que ponen los comerciantes es que cuanto antes lo pongan a la venta, antes lo empiezan a vender. La de los consumidores, que si no compran ahora, "lo bueno" se acaba enseguida.
Con todo ello, lo que se consigue es que cualquier celebración se convierta en todo un ritual estético que, de forma sugestopédica, nos convence a todos de que debemos comprar para adornar, comprar para comer, comprar para regalar y nos aboca a un consumismo que, aunque lleve ya años instalado en sociedades como la nuestra, no deja de producirme una mezcla entre miedo, rabia e impotencia.

La solución la veo complicada pero tal vez sea más fácil de lo que parece y pase por iniciar una búsqueda. La búsqueda de lo esencial, de lo simple, de lo necesario, de lo que, en realidad, nos hace felices.

De todos los objetos, los que más amo

son los usados.

Las vasijas de cobre con abolladuras y bordes aplastados,

los cuchillos y tenedores cuyos mangos de madera

han sido cogidos por-muchas manos. Éstas son las formas

que me parecen más nobles. Esas losas en torno a viejas casas,

desgastadas de haber sido pisadas tantas veces,

esas losas entre las que crece la hierba, me parecen

objetos felices.

Impregnados del uso de muchos,

a menudo transformados, han ido perfeccionando sus

formas y se han hecho preciosos

porque han sido apreciados muchas veces.

Me gustan incluso los fragmentos de esculturas

con los brazos cortados. Vivieron

también para mí. Cayeron porque fueron trasladadas;

si las derribaron, fue porque no estaban muy altas.

Las construcciones casi en ruinas

parecen todavía proyectos sin acabar,

grandiosos; sus bellas medidas

pueden ya imaginarse, pero aún necesitan

de nuestra comprensión. Y, además,

ya sirvieron, ya fueron superadas incluso. Todas estas cosas me hacen feliz.

(1932)

Bertolt Brecht,

en “Poemas y canciones”.

sábado, 24 de octubre de 2009

La chica ideal

¿Problemas de autoestima? Inseguridades, miedos... ¿Kilos de más? ¿Canas, arrugas, descolgamiento?

¿Quién osó decirte que no eres la chica ideal? ¿Que no han tenido el valor de decírtelo aún?

Si no existe la chica ideal, te dices. Eso es un invento. No puede haber una chica guapa, con dinero, éxito y talento para actuar y cantar y, a pesar de todo, ser sencilla, natural y muy muy atractiva. No existe, me niego.

Yo no estoy tan mal, después de todo. Lo único que me falta es un cantautor con melenita, barba de tres días y guitarra en mano que me cante y... me deje cantar con él.
Total, ¿Qué tiene ella que no tenga yo?



Aysss

sábado, 17 de octubre de 2009

PIÉNSALO BIEN



Una ley que regule la interrupción libre del embarazo concede derechos a mujeres y hombres para decidir si quieren o no tener un hijo.
Una ley que regule el aborto, no obliga a abortar a todas aquellas mujeres que desean tener un hijo o aquellas a las que sus creencias no permiten abortar.
Una ley para y por el aborto libre evita embarazos no deseados, rupturas sentimentales, conflictos familiares y sociales.

¿Quién está en contra de esta ley? Los curas, los obispos, los cardenales. Todos ellos personas que se supone que llevan una vida de celibato, alejados del sexo y de sus consecuencias. No creo que sean los más adecuados, pues, para tratar este tema.
Los grupos políticos y las asociaciones españolas más conservadoras y rancias. Miembros o hijos de miembros de gobiernos franquistas, caracterizados por su falta de tolerancia y su poco sentido de la democracia y de los derechos humanos.

¿Quiénes apoyamos esta ley? Los que llevamos tiempo exigiendo unas condiciones sanitarias dignas para la mujer que desee abortar. Los que otorgamos a la mujer el derecho a decidir si quiere o no traer un hijo al mundo. Los que sabemos que es una decisión dura y complicada y que lo último que les hace falta a estas mujeres es que las estigmaticen y las conviertan en seres clandestinos y las califiquen como asesinas o delincuentes.

¿Y tú qué opinas? Sea lo que sea, piénsalo bien y no seas hipócrita.

viernes, 9 de octubre de 2009

El vendedor de granizados (II)

Cada día de feria, Alba volvió al puesto a disfrutar de un delicioso granizado. Se aficionó tanto al refresco como a Raúl, que siempre tenía alguna historia interesante que contarla. Qué curioso, pensaba ella. No es muy mayor, pero parece haber vivido tanto...
Las horas pasaban deprisa entre granizados y charlas. Alba se sentaba junto a Raúl e incluso le ayudaba a servir cuando la fila se hacía larga. Parecía haber nacido tanto para degustarlos, como para dispensarlos.

¿Y tú, tienes familia? Arriesgó Raúl en una ocasión. Nunca hablas de tus padres y yo ya te he contado toda la historia de mi familia.

Claro que sí, respondió ella risueña. Vivo con mi madre. Las dos solas. No tengo padre... Bueno, sí lo tengo. Mi madre dice que es un poeta que viaja por todo el mundo ofreciendo su poesía. O sea, un vivalavida que la dejó preñada con diecisiete años y no se quiso hacer cargo. O eso, o que era muy pobre y mi abuelo le largó por no ser suficiente para su hijita.

Raúl no pudo por menos que soltar una carcajada. La ironía de Alba le resultaba cercana, recordándole incluso a su propia forma de denunciar aquello que no le gustaba y le hacía reír, al tiempo que le ayudaba a disimular un sollozo de angustia contenida. Sin embargo, Raúl pensaba que la sinceridad de Alba era, sin duda, heredada de su madre. Pero, ¡qué demonios!, pensaba él.¿Cómo podía estar seguro al cien por cien de que era ella?


Y, ¿tú madre no viene por la feria nunca o qué?

¿Mi madre? Jamás. Dice que no le gustan estos sitios con tanta gente y tanto ruido. Pero a mí sí me gusta. Me encanta. Me traía siempre mi abuela y me decía que si me sentía tan bien aquí era porque de alguna manera, pertenecía a todo esto ¡Y mírame, aquí con un amigo feriante que podía ser mi padre, jeje!

El sarcasmo de Alba había llegado demasiado lejos y casi hizo derrumbarse a Raúl. Sin embargo supo detener su confesión pensando en el beneficio de la joven, aunque staba más convencido que nunca de que era ella.

Cada nuevo día, era un día de felicidad para el feriante, pero hacía acercarse el final del periodo de estancia en la ciudad y agotaba sus oportunidades de volver a ver al amor de su vida. Él tampoco se casó nunca. Vivió cada día enamorado de aquella chica de mirada sincera que le escribió una carta cinco años después de aquel verano fatídico para enviarle una foto en cuyo reverso rezaba:

Se llama Alba y es tu hija. Es tuya. Sólo puede ser tuya. La he tenido a pesar de los impedimentos de mi padre, de las palizas, de los insultos. La voy a criar sola y la sacaré adelante por los dos. No vuelvas más por esta ciudad. Te encontrará y te matará. Cuídate.

Mientras desmontaba su puesto, Raúl tenía la certeza de estar haciendo lo correcto y la pena de no querer hacerlo así. Por la tarde, Alba corrió al puesto de Raúl para tomar su ración de granizado, pero el puesto ya no estaba allí. Algunos feriantes habían empezado a desmontar ya sus puestos pero no creyó que él se fuera sin despedirse. Se habían hecho buenos amigos en esos días. La muchacha del puesto de al lado, la llamó por su nombre. Alba se giró sorprendida. Tenía algo que darle de parte de Raúl, dos sobres, concretamente; uno a su nombre y otro a nombre de su madre. ¿Cómo lo sabe? se preguntó. ¿Se lo dije yo? Sin cuestionárselo más, abrió el suyo. La sencillez y el candor de Raúl durante aquellos días no hubieran bastado para que se fiara de él si no fuera porque existía algo mucho más profundo que emanaba de él y que se había colado en su corazón sin apenas darse cuenta. El sobre con su nombre contenía la receta del granizado según la tradición de su familia. Le hizo gracia sentirse heredera de la misma y pensó que tal vez ella le recordaba a aquella hija que él decía que tuvo, pero de la que nunca puedo hacerse cargo.

Cuando llegó a casa le dió a su madre el sobre que le correspondía y, sin contarle nada más (porque le parecía ridículo explicárselo) le dijo que lo leyera. Se trataba de un poema tan bonito como los que le dedicó antaño.
¿De dónde has sacado esto? le increpó entre lágrimas. ¿De dónde lo has sacado?

Alba le explicó lo de Raúl, lo del puesto, lo de su amistad con él. Su madre enjugó las lágrimas y tomó aire para preguntar a su hija qué le había entregado a ella. Cuando ésta le respondió, no pudo por menos que sonreír y abrazarla mientras le decía con voz calma: pues será que hemos tenido suerte en la feria de este año.

lunes, 5 de octubre de 2009

El vendedor de granizados (I)

Aunque ya no era una niña, a Alba le encantaban las fiestas de su ciudad y no se perdía nunca una visita a la feria. Aquel año se sorprendió de la llegada de un nuevo puesto que por sencillo, llamó su atención. El puesto ofrecía granizados de limón, de naranja, de fresa, de café, y también zumos de frutas exóticas. los favoritos de Alba eran los granizados de limón y ansiaba la llegada del verano para empezar a degustar este agridulce refresco. Cuando se acercó, le sorprendió ver que era el único puesto de la feria que no tenía una larga cola de espera, lo cual le hizo dudar de la calidad de lo allí servido. Observó cómo el dueño del puesto, preparaba un vaso a la señora que iba delante de ella y concluyó que aquel hombre ponía un especial esmero en su tarea. Se preguntó si sería tan minucioso en la elaboración del granizado como lo era en el despacho del mismo y recordó con nostalgia los que se toman en tierras calurosas del mediterráneo que, hasta la fecha, eran los mejores que ella había tenido el placer de degustar.

Cuando llegó su turno, Raúl, el feriante, se tomó la misma calma en servir y Alba le observó como aquél que espera que se haga fuego de la nada. Mientras lo hacía verter, la miró a los ojos y sonrió, como le hacía a todos sus clientes. Pero esta vez, el contacto con los ojos de Alba cortó la sonrisa de Raúl y su boca se tornó seria y su mirada, distante. Al darse cuenta de lo feo de su gesto, lo enmendó contándole a la chica que tenía un secreto para hacer el mejor granizado, sabiendo que, de alguna manera, ella iba a apreciar la explicación, pues, lejos de sentirse ofendida, se mostró realmente interesada al tiempo que degustaba el delicioso néctar.
Tan pronto Alba se marchó, despidiéndose con un "Hasta mañana", el feriante se afanó en sacar su cartera del bolsillo y, tras revolver en un montón de papeles y facturas, descubrió una foto de una niña que tenía la sonrisa como ella y miraba a la cámara con la misma mirada curiosa con la que ella le miró mientras contaba su historia.

Ya de madrugada, al volver a la carvana en la que estaba instalado, las lágrimas brotaron cargadas de recuerdos. Recuerdos de aquel verano de los ochenta, cuando él era apenas un adolescente que venía a esta feria con el puesto de granizados y zumos que regentaban sus padres. Recuerdos de aquella chica tan linda de la que se enamoró, que venía de un barrio residencial sólo para beber los granizados que preparaban sus padres y besarse con él a escondidas en la parte de atrás del puesto. Recuerdos de los poemas que la escribió de madrugada para que ella siempre tuviera algo bonito que leer al día siguiente. Recuerdos de la tibieza de la arena de la playa donde hicieron el amor, huyendo de los prejuicios de los mayores. Recuerdos de la paliza que el padre de ella le propinó cuando les sorprendió despidiéndose al lado de su casa y de cómo le insultaba diciéndole que jamás aspirara a estar con una mujer como su hija. Recuerdos de no haberla vuelto a ver. De no haber vuelto a esta ciudad fría y húmeda que aún se le clavaba en los huesos y en el corazón....

CONTINUARÁ

NOTA: Desde La chica de la trenza pelirroja, nos sumamos a la tristeza que ha provocado la muerte de Mercedes Sosa.