Sydney Pollack ha muerto. El actor y director estadounidense ha fallecido alos 73 años de edad víctima de una enfermedad que no entiende de talento, de sensibilidad, de arte. Dirigió éxitos cinematográficos como Tootsi, colaboró en la redacción y producción de otros tantos como El paciente inglés o Sentido y sensibilidad y se llevó un más que merecido Óscar al mejor director y mejor película con la brillante Memorias de África (vinculo a youtube para que veáis la primera secuencia de la película con la banda sonora, que es preciosa).Una no puede evitar entristecerse con este tipo de noticias que te conmueven cuando te levantas de la cama y comienzas uno de esos días cotidianos de los que ya os hablé. Nos da pena que mueran genios, artistas, gente que hace cosas buenas pero lo cierto es que deberíamos sentir que lo positivo de ellos se queda con nosotros. Al menos aquellos que tienen la capacidad de dejar un legado se pueden morir con la sensación de no terminar de desaparecer nunca porque sus obras se quedan con nosotros.
Hoy, como ya hice la semana pasada con la literatura, quería hablar del cine . El cine, ese fiel compañero que nos ha acompañado desde niños. Recuerdo que ir al cine era un ritual. Había que ponerse guapos e ir andando al centro (cuando había cines en el centro de mi ciudad) y hacer cola para sacar la entrada. Pasar la frontera con las entradas en la mano esperando a que te las rompieran por la mitad y entonces empezar a respirar el olor a palomitas recién hechas y pedir que te compraran las más grandes y una coca-cola. Buscar la fila y el asiento con cuidado de no derramar ni uno solo de tus pomposos maíces y una vez sentado, relajarte y disfrutar. Reír, llorar, soñar, comentar, en ocasiones dormir. En la adolescencia el cine era el comienzo de las salidas con los amigos. La hora de llegada a casa, rimmel en los ojos, un asiento estratégicamente escogido...
Ahora la dieta no nos permite palomitas y coca-cola y los cines se alejan cada vez más de la ciudad pero, a pesar de todo, hay un ritual que envuelve nuestras cada vez más escasas citas con el séptimo arte. Rompen nuestras entradas por la mitad y buscamos la fila y el asiento y hoy, como ayer, como siempre, nos sentamos a disfrutar. A reír, a llorar, a soñar, a sentir.
Os pido que me habléis de una peli. De lo que queráis, por supuesto. Pero también de una peli que os emocione. De esas que se ven varias veces, de las que te sabes los diálogos, pero que cada vez que las ves, es como si fuera la primera. Será un placer leerlo.











