Seguidores

Mostrando entradas con la etiqueta Relato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relato. Mostrar todas las entradas

domingo, 4 de septiembre de 2011

Lucía

Te quiero, Lucía. Y te he querido tanto que no sé cómo hacer frente a todo esto. Si cierro los ojos, te veo con absoluta claridad. Veo esa cara tuya de porcelana y esos ojos despiertos que tienes. Te veo tan linda como en esa foto que te saqué y que no he eliminado nunca de mis archivos. Eramos muy jóvenes, Lucía, asquerosamente jóvenes y libres también, y yo no dejo de reprocharme que podía haber luchado un poco más por ti. Un poco hubiera bastado, creo, o quiero creerlo. Quizá el tiempo que ha pasado me quiere castigar y ponerme en bandeja la posibilidad de haberte conquistado cuando aún era posible, cuando aún creía en el amor, cuando tus sonrisas no eran para nadie y eran, al mismo tiempo, para todos, para cualquiera, incluso, por qué no, para mí. No te lo he dicho nunca, Lucía, pero tus sonrisas y tus miradas y hasta ese gesto tuyo de falsa indiferencia, eran para mí la vida misma, el respirar, el comer. Eran la religión que nunca tuve, la única creencia que hubiera defendido más allá de lo humano y de lo divino y que todavía hoy defiendo en secreto.

Aún hoy me pregunto cómo he podido amarte tanto sin haber logrado arrancar de tus labios más que un casto beso y alguna que otra amistosa caricia. Cómo he podido detener mi vida esperándote a sabiendas de que no no llegarías jamás. Cómo he podido ser, a pesar de todo, tan feliz todo este tiempo y tan dichoso de haber compartido contigo momentos tan especiales como los que hemos compartido. La felicidad está sobrevalorada, Lucía. La felicidad, para mí, consiste tan solo en saber que puedo confiar en ti y que eres cómplice de todos y cada uno de mis delitos.

Pero necesitaba más. Nos hacemos mayores, Lucía. Los años no solo pasan, sino que pesan y nos obligan a evolucionar. No te olvido, por supuesto, no te olvidaré jamás, eso es sencillamente imposible, pero he pasado página. Me ha costado mucho reunir las fuerzas para enfrentarme a mí mismo y escribirte así. No te he dejado de querer, ni espero dejar de hacerlo. No te guardo ningún rencor, tú no tienes la culpa de ser la persona más maravillosa que ha pasado por mi vida. No eres más culpable de lo que lo son  las estrellas de salir, de brillar, de morir y de arrastrar nuestros deseos en su estela hasta estinguirse con ellos.

Te quiero, Lucía. Me has enseñado a ser optimista, a creer en la utopía y hoy soy alguien nuevo y he construído una vida preciosa en la que tú no estás de ningún modo. No estás como amante, no estás como amiga, ni siquiera estás ya como el sueño inalcanzable que siempre fuiste. Simplemente, no estás. Porque para ser feliz me basta con saber que, aunque  no estés, podré confiar siempre en ti y seguirás siendo cómplice de todos y cada uno de mis delitos, incluído éste último.




Visualizar a partir del minuto 1:10

jueves, 17 de febrero de 2011

Seis minutos de retraso

Gracias a Marcelo por la inspiración de algunas reflexiones que aparecen en este post de su blog La menor idea.


La frente apoyada en el cristal que separa la estación del andén. Afuera, la temperatura cada vez es más baja. Definitivamente, el tren llega con retraso, lo anuncian la pantalla y la megafonía. Un retraso de seis minutos en pleno invierno le hace a uno pensárselo dos veces antes de cruzar la frontera cristalina. El vaho de su nariz empaña el pedacito del cristal que la sostiene. A su lado, otra mujer observa el reloj situado en el andén como si eso fuera a acelerar la llegada del tren.

Empieza escribiendo la inicial de su nombre en el vaho condensado y acaba grafiteándolo entero como cuando tenía quince años. Todos los cuadernos y las carpetas del instituto estaban plagados de estos grafitis adolescentes. Lo recuerda y se sonríe. Recuerda que aquellos años pasaban muy deprisa pero se aprovechaban mucho y con mucha intensidad. Ahora las hojas del calendario también vuelan, pero tiene la sensación de que el tiempo no le cunde como antes y de que los asuntos que la rodean le hacen preocuparse más y disfrutar menos.

El vaho se borra llevándose consigo el legado de su adolescencia. La mujer sigue mirando el reloj, pero sólo ha conseguido que pasen dos minutos. En dos minutos pueden pasar muchas cosas: puedes tener un accidente con tu coche, pueden despedirte del trabajo, se te puede presentar un dilema moral del que no sabes cómo salir. Mira al suelo y una lágrima se precipita por su mejilla. Con los ojos empañados observa el reloj. Ha pasado otro minuto. Últimamente no haces más que llorar, se dice. Pareces tonta, no tienes ninguna razón aparente por la que hacerlo. No deberías preocuparte tanto por todo lo que te rodea. Nadie se va a preocupar por ti de esa manera.

Se sorprende a sí misma mirando fijamente al reloj. Su mirada converge en el marcador electrónico con la de esa mujer de la que no sabe nada, pero sobre la que intuye o, más bien, imagina muchas cosas. Cincuenta y tantos de edad, casada. Ha pasado la tarde tomando un café con unas amigas y regresa a casa para cenar tranquila viendo el telediario. Su marido la espera cargado de cariño y cosas que contarle, pero no ha movido un dedo para preparar nada de comer. Aún así, ella tiene ganas de llegar y quitarse esos incómodos zapatos de medio tacón, limpiarse el carmín rojo de los labios y ponerse a freír un par de huevos para cenar los dos juntos, como llevan haciendo casi treinta años. Y mira fijamente el reloj de la estación con la vana esperanza de que el retraso del tren disminuya milagrosamente y estar cuanto antes junto a él. Su amiga Isabel se ha echado un novio por Internet y se muere de ganas por contárselo.

La megafonía anuncia la llegada del cercanías. La mujer se apresura hacia el andén y decide seguirla como si tuviera la certeza de saber que nada malo le va a ocurrir si se pega a ella. El tren llega y suben por la misma puerta. Se sientan una frente a la otra. ¿Por qué llorabas antes? Le pregunta la mujer descubriéndole que no ha estado mirando al reloj permanentemente. Se me ha olvidado, contesta. Pues lo que se olvida es como si no hubiera ocurrido... Le dedica una mueca medio sonriente y eleva las cejas completando su frase con un ...así que tú misma.

Llega su parada. Hace ya un rato que la mujer se ha apeado en la suya. Esa frase le ha hecho pensar. Nunca olvida nada. Le cuesta olvidar las cosas que le suceden y también las que le suceden a los demás. A su cabeza acuden cientos de recuerdos que se agolpan y luchan por encontrar su hueco, su importancia, su segunda oportunidad. ¿No es, acaso, la memoria, una especie de enfermedad?, se pregunta. Inmersa en sus pensamientos se detiene en mitad de una avenida. Mira a un lado y a otro de la calle pero no encuentra la respuesta que necesita. Saca el móvil del bolso y consulta su agenda. No hay nada. Se gira y vuelve sobre sus pasos tratando de hacer memoria. Primero maldice, después se echa a reír. ¡Se le ha olvidado por completo lo que tenía que hacer!


Yo soy frágil como un cristal
si falta usted a esta cita, mi amor
si el canto se llena de olvido
si el recuerdo se va
y ya no ríe conmigo (Ismael Serrano. Fragilidad)

martes, 4 de enero de 2011

TARDE DE ENERO

Era fría aquella tarde de enero, como casi todas las tardes de enero. Y tan corta aún que había que ser muy optimista para percibir que los días habían empezado a ser unos segundos más largos. Los segundos habrían de convertirse en minutos y después en horas, poco a poco, pero eso no evitaba que el vaho se petrificara al salir de su boca y que la humedad calara sus huesos mientras esperaba en aquella estación de tren.
 El frío en los años 40 no era como el de ahora. Aquel frío acentuaba el hambre y evidenciaba la miseria y la ruina que asolaban al viejo continente. Aquel frío y aquella noche prematura, convertían los días en eternos pedazos de un tiempo que parecía querer huir de sí mismo para no enfrentarse a su propia realidad.

Aquella tarde, Inés Galván recordó los días en la escuela y las clases de piano y canto en la academia de Giuseppe, el risueño músico italiano  que, al igual que su padre y su tío, había sido fusilado por los nacionales. Pensó en su hermano Carlos y en el calvario que estaría pasando desde que le detuvieron. No se había vuelto a saber nada de él, ni bueno ni malo y como bien decía su madre, -A tu padre y a tu tío no les hemos podido enterrar, Inesita, pero es que de Carlos no sabemos siquiera si está vivo-.

Inés no podía llorar. Ya no le quedaban más lágrimas por derramar. Sin embargo, su profunda pena y la impotencia que sentía al no poder hacer nada, no la impedían acudir cada tarde a aquella estación de piedra adonde no llegaban los trenes desde hacía muchos años. Aquella estación que años atrás tuvo tanta vida y que hoy le daba cobijo a los fantasmas de la guerra. Allí donde se despedían las madres de los hijos que partían en busca de un futuro. Donde se intercambiaban mercancías, alimentos y libros, muchos libros que ahora eran cenizas de censura y necesidad. Donde su padre cargaba de carbón la máquina para llevar a todas aquellas personas y cosas a su destino. Allí donde ella pasaba largas horas leyendo al sol en un banco de madera, las cartas de amor de aquel poeta que murió en vida dejándola a ella sin lágrimas, con la premisa de darle al hijo de ambos un rayo de luz y esperanza que pudiera cambiar el mundo.


NANAS DE LA CEBOLLA
Miguel Hernández
.

 ( Dedicadas a su hijo, a raíz de recibir una carta de su mujer,
en la que le decía que no comía más que pan: y cebolla)

 .
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.
.
Una mujer morena
resuelta en luna
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te traigo la luna
cuando es preciso.
.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en tus ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que mi alma al oírte
bata el espacio.
.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
.
Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
.
La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!
.
Desperté de ser niño:
nunca despiertes.
Triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
.
Ser de vuelo tan lato,
tan extendido,
que tu carne es el cielo
recién nacido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
.
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
.
Vuela niño en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebolla,
tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa ni
lo que ocurre.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Ni el destino, ni el documento.

Cuando se despertó la cabeza aún le daba vueltas. Posó el pie izquierdo en el suelo y el frío del parquet le recordó que en el norte, abril no era sinónimo de primavera. Probablemente había desplazado la alfombra al llegar de madrugada indecentemente ebria...

Se levantó, se tambaleó y cuando consiguió estabilizar su posición, posó sus ojos en el vaso de cristal que yacía sobre la mesita. Unas gotas transparentes impregnaban aún sus paredes. Por un momento, creyó que eran sus propias lágrimas las que salpicaban el vaso y resbalaban despacio, formando el pequeño mar de su desesperación. Agarró el vaso y se lo acercó a la nariz para comprobar lo que contenía.

- No lo intentes, Ángela. Una mano suave acarició su hombro desnudo mientras su voz, tan penetrante que aún le hacía estremecer como el primer día, le susurraba la oído. - Las lágrimas huelen a sal, y el vodka, preciosa, ya sabes que el vodka no huele a nada.

Él siempre parecía hacer las cosas con una frialdad exquisita,  pero esta vez, no pudo contener su rabia y le arrebató el vaso para arrojarlo al suelo maldiciendo. Un pedacito minúsculo de cristal se calvó en el pie descalzo de Ángela pero ella ni siquiera lo notó, como no notó el calor del hilo de sangre que comenzaba a recorrer su empeine. Desde que perdió a su bebé, ningún dolor, por agudo que fuera, parecía hacerle reaccionar.

Álex miró al vaso hecho añicos en el suelo y se abrazó a Ángela. Ella tembló cuando le besó la barbilla y continuó temblando cuando él descendió y rozó con ternura sus pechos desnudos. Al fin, Álex se arrodillo como el reo que pide clemencia, abrazó las caderas de su mujer y posó sus labios en su vientre aterciopelado.

-¿Por qué me abrazas así, mi amor?- le preguntó ella con pocas ganas.
- Porque tengo miedo. Pero no me preguntes de qué, por favor.
- Sabes que no te lo voy a preguntar. Tú tampoco me has preguntado a mí por qué he empezado a beber, así que estamos en paz.


Sin hacer más preguntas,  Álex apretó su cara contra el cuerpo de Ángela e intentó con todas sus fuerzas que dejara de temblar. Ángela descendió a su altura y le abrazó fuerte. Él se percató de la herida de ella y rápidamente arrancó el cristal y taponó el corte con su mano sin dejar de abrazarla. En aquel instante, Ángela se dio cuenta de lo mucho que le dolía el pie, pero no se detuvo siquiera a mirar y siguió abrazada a Álex, siendo consciente por primera vez de que las heridas son tan mutuas como las alegrías. Sintió en su compañero ese dolor inmenso que a ella le partía el pecho y le cortaba la respiración y las ganas de vivir y comprobó, como el profeta que llega a ver realizada su profecía, aquello que tantas veces había proclamado. Que el amor no está escrito ni en las estrellas, ni en un contrato matrimonial.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Idiotas

Un ligero toque de acelerador bastaba para que la aguja ascendiera vertiginosa el velocímetro de mi coche, buscando el límite al que nadie se atreve a llegar. Noté cómo sus ojos se clavaban en el marcador y una tensa mueca se apoderaba de su cálida expresión. Me gustaba verla así porque me hacía albergar la vana esperanza de que se abalanzara sobre mí pidiéndome que redujera la velocidad mientras apretaba fuerte mi brazo o algo así. Y eso sabiendo que eso no iba a suceder nunca, conociéndola como la conocía. La conocía tan bien que creía que no podría sorprenderme nunca más. Al menos, no durante aquel trayecto.

-Ey, ey, ey, no corras tanto. No sé tú, pero yo le tengo mucho aprecio a mi vida. Y espero que no esperes que te diga que sería apasionante que muriéramos los dos juntos porque eso, a estas alturas de la película, es más que imposible- me dijo con esa ironía tan suya mientras sus ojos, que tenían el color de la mermelada de ciruela, me miraban juguetones y esa mirada, tan particularmente suya, me desnudaba sólo de cintura para arriba para dejarme, como siempre había hecho, con las ganas de más.

Efectivamente, no esperaba que Luna me dijera nunca algo así. Además, si había algo que yo tuviese claro en estos momentos de incertidumbre, era que no quería a mi lado otra niña cursi que se me desnudara pensando en mi deportivo y me dijera constantemente lo mucho que me quería. Me giré ligeramente para sonreírla pero ella estaba absorta mirando por la ventanilla medio abierta mientras el viento movía los mechones que se escapaban de su imperfecto recogido. Era evidente que no tenía una pizca de miedo a la velocidad. Se había encendido un cigarrilllo y no pude evitar sentir celos del humo que calaba hondo en sus entrañas, sabiendo que una parte de él se quedaría para siempre a formar parte de ella. El deseo era muy profundo, pero estaba tan a flor de piel, que temí que ella dirigiera su siguiente mirada por debajo de mi cintura y notara que mi sexo se había endurecido con la sola idea de encontrarme a apenas unos centímetros de ella.

Estábamos en pleno mes de agosto y el calor era tan intenso que vestirse era un acto de valentía, más que de civismo. Luna se había puesto ese vestido blanco que tanto la favorecía y no creo que fuese una casualidad. A pesar de su palidez, el blanco le sentaba muy bien porque destacaba la finura de sus rasgos, perfilaba la perfección de rostro ovalado y contrastaba con esos mechones negros que siempre dejaba escapar de sus peinados imposibles. Si no hubiera estado enamorado de ella desde el instante mismo en que la conocí, es probable que no hubiera aguantado como lo había hecho tantos años de falsa amistad, de besos castos a escondidas y miradas que confesaban intenciones imposibles de articular con palabras, pero lo estuve y lo estaba aún tanto o más que el primer día.

- Tengo muchísimo calor - confesó con su voz de niña buena. Porque eso es lo que Luna era. Una niña buena que nunca tuvo la intención de hacer daño a nadie. Una mujer a la que daba gusto construirle con caricias y mimos una jaula de oro para que no tuviera nunca que poner en riesgo sus delicadas plumas. Sin embargo, yo había decidido hacer añicos su jaula y sacarla de ella para llevarla conmigo quién sabía adonde y no dejaba de arrepentirme a cada minuto, a cada kilómetro que recorríamos en aquella carretera alejada de todos los sitios conocidos del mundo, a pleno sol.

Pero valía tanto la pena ver como se abanicaba por el rabillo del ojo y escucharla tararear las canciones de la radio, que del arrepentimiento pasaba al deseo de detener el coche y apretarla contra mí y prometerle que todo va salir bien aunque supiera que ella no buscaba una promesa de futuro, sino una explicación del pasado. ¿Por qué no lo hacía? Ahora sí podía hacerlo. Podía estrujar su cuerpecillo contra el mío y quererla como ella se merecía y, por qué no decirlo, como yo merecía también, sin necesidad de decirle jamás que la quería, sin confesiones, sin proposiciones, sin compromisos más allá del de nuestros cuerpos ardiendo al rozarse, el de nuestro sudor confundiéndose en un solo goteo y el de nuestra piel, que dejaría de ser de cada uno para siempre.

Cuando comencé a reducir la velocidad, se giró para mirarme fijamente y el tirante de su vestido se deslizó por su brazo.

-¿Por qué te paras?- preguntó. -¿Tienes miedo?- Y entonces sí que bajó su mirada y la posó brevemente en mi abultada bragueta. Se mordió el labio inferior y creí que me moriría si no tiraba en ese preciso instante del freno de mano y acababa con aquella tensión que, de puro dilatada en el tiempo, se había convertido en una pesadilla.

Busqué con la mirada algún desvío donde parar con seguridad aunque sabía muy bien que por aquella carretera no pasaría nadie en horas. Luna rebuscaba entre los cds de la guantera y los revolvía risueña hasta que finalmente pareció encontrar lo que buscaba. Era como si no deseara que yo detuviera el coche sin haberme hecho escuchar algo antes. La conocía muy bien y creía que no podría sorprenderme nunca más. Creía que ella sólo quería huir y satisfacer mis ansias con un polvo que a mí me haría parcialmente feliz y a ella le daría el pase definitivo a la libertad. Sin embargo, Luna me sorprendió una vez más y he de confesar que hasta ahora, ha sido la última. Introdujo el cd con su mano izquierda mientras se subía el tirante de su vestido blanco con la derecha, proponiendo unos minutos de sobriedad. Seleccionó la pista del cd al tiempo que yo detenía el coche en la cuneta de aquel camino a ninguna parte. Me miró de tal manera que un escalofrío me recorrió el cuerpo entero. Me miró de la manera en que miran los reos justo antes de confesar un crimen y presionó la tecla que puso en marcha la canción.


martes, 8 de junio de 2010

Ojitos, tristes ojitos



Deva era una de esas chicas que siempre tenía los ojos tristes. Desde niña, cuando escuchaba llegar muy tarde a su madre del trabajo y se hacía la dormida para que no se preocupara. Debajo de ese manto de pestañas y de la fina piel de sus párpados, se escondía la mirada más triste del mundo.
En el colegio, se despistaba y viajaba a través del tiempo y del espacio entre mates y naturales, pero siempre con esa mirada cansada y ojeriza, que hacía que los maestros se apiadaran de ella y no la riñeran nunca. Nunca nadie la chilló, la zarandeó, la pegó ni la insultó, pero siempre se compadecían de ella y de esa pena que exhalaban sus ojitos.

De mayor, sus ojos seguían mirando al infinito en el autobús, en el supermercado, en la oficina. Siempre absorta en un mundo que todos decían que era el mundo de la pena, de la nostalgia, de la soledad.

Así que Deva se convirtió en una mujer de ojos tristes, de mirada taciturna y de vida solitaria. Todos la querían, pero nadie nunca se lo dijo. La respetaban y la trataban bien. Se relacionaban con ella en la justa medida. Charo, su vecina de enfrente, que era ya una anciana, llamaba a su timbre cuando necesitaba sal porque si algo caracterizaba a Deva, era su generosidad. Sus compañeros de trabajo acudían a ella para resolver cualquier situación complicada porque Deva era lista y resolutiva. Sus amigos, los pocos que conservaba de la facultad, la llamaban para contarle que se casaban o que se separaban, porque, sin lugar a dudas, la mejor virtud de Deva era su capacidad de escuchar y aconsejar siempre desde la sensatez.

Cada noche, Deva seguía el mismo ritual. Se lavaba los dientes y la cara, cepillaba su pelo, agarraba a su gato Pancho y se lo llevaba con ella a la cama. Lo acariciaba un rato, notando como el felino se relajaba hasta quedarse dormido. Lo posaba con mimo a su lado y leía hasta caer dormida.
Cada mañana leía el periódico y el correo electrónico mientras tomaba un café, se lavaba los dientes y la cara, cepillaba su pelo, se despedía de Pancho y salía a la calle, a la misma hora a la que Charo paseaba a su perro por el jardín de la finca. Pero aquella mañana, Charo no había salido y no contestó al timbre cuando llamó a su puerta. Tampoco lo hizo por la noche, ni a la mañana siguiente. Por la tarde al regresar de trabajar, Deva vio que alguien entraba en casa de Charo y se dirigió a preguntar. Era un tipo alto y apuesto de unos veintitantos. Llevaba un traje oscuro y corbata. Parecía triste. Charo había fallecido, le dijo. Era su nieto y venía a abrir la casa y organizar las cosas de su abuela para llevárselas o tirarlas. Deva le dijo que lo sentía y era cierto. Le ofreció su ayuda y él la aceptó. El piso de Charo era una maravilla. Estaba lleno de fotos de ella con mil personas, con su difunto marido, Antonio, con sus hijos y nietos, con sus amigas. En todas ellas salía sonriendo e irradiando felicidad. Durante todo el fin de semana, Daniel, -que así se llamaba el nieto de Charo- y Deva limpiaron y guardaron los recuerdos de una larga vida. La ropa estaba limpia y bien doblada en los cajones y armarios y la casa apenas había acumulado polvo en ausencia de su dueña.

El domingo por la noche ya lo tenían casi todo listo y Daniel abrió una botella de vino para invitar a su amable ayudante. Entre copa y copa Deva sugirió que Charo debió de ser muy feliz en su vida y Daniel le preguntó a Deva si ella lo era. Deva no supo qué contestar. Era la primera vez que le hacían esa pregunta.
-¿Por qué lo dices?, quiso saber. Es por mis ojos, ¿verdad? Todo el mundo dice que son tristes. Daniel le dijo que a él le parecían los ojos más hermosos que jamás había visto y que detrás de las miradas más tristes, se escondían los corazones más puros.
-Mi abuela te quería mucho- aseguró. Todo el mundo debe de quererte tanto, Deva...

Aquella noche, Deva no se lavó la cara, ni los dientes. Tampoco cepilló su pelo, ni acarició a su gato. Se acostó medio mareada y deseo con todas sus fuerzas que la limpieza en el piso de Charo no concluyera nunca. Y puede que así fuera porque detrás de las miradas más tristes se esconden los corazones más puros y después de los días más inciertos, llegan siempre los grandes momentos.


sábado, 20 de marzo de 2010

Londres, 1998. En un piso de alquiler

Te he dicho mil veces que no dejes que me quede dormida sobre tus piernas.

Cuando estaban viendo series americanas en el sofá y le entraba el sueño, Mara solía dejar caer su cabecita sobre los muslos de Ian y se quedaba siempre dormida porque él le soltaba la coleta y le acariciaba el cabello con una dulzura que no solía mostrar en otros momentos del día.
Ése era, sin duda, su momento. El momento en el que sentía que de verdad podía hacer algo por ella. Sabía que ella trabajaba duro en el restaurante durante jornadas de diez o doce horas. Sabía que, aunque ya se comunicaba bien en inglés, aún le suponía un desgaste tener que atender las quejas de los clientes y las de su jefe. Sabía que para relajarse, cuando le tocaba en cocina, cantaba bajito las canciones de un grupo español de los ochenta y noventa que su madre le ponía cuando era pequeña para que se durmiera. Sabía, también, que todos se sonreían cuando lo hacía, pero su melodiosa voz siempre acababa conquistándoles y les invitaba a tararear con ella aquellos versos que no entendían.
Él sabía mejor que nadie que a ella no le gustaba quedarse dormida en su regazo, que a Mara no le gustaba quedarse dormida nunca. Sin embargo, tener el calor de su cuerpo menudo tan cerquita y acariciar la infinita suavidad de su melena cobriza le producía una placentera sensación que no acertaba a definir. Cuando se despertaba, siempre lo hacía sobresaltada y le increpaba mirando el reloj con ese acento español que no sabía disimular nada más abrir los ojos. Si era viernes, se levantaba del sofá dando un salto y corría a la ducha. Diez minutos después, salía del baño oliendo a niña recién bañada y se encendía un cigarro. Para calentar la voz, decía. Los ojos tatuados en sobra negra y los labios rojos, siempre rojos, para conquistar a los cuatro borrachos que iban a escucharla cantar en aquel garito de nuevos músicos.
Aquel viernes Ian sintió que algo tenía que cambiar. Que había llegado el momento de detener a esa kamikaze con la que compartía piso.
Cuando estuvo lista, le abrazó y le besó con afecto en la mejilla. No me esperes despierto, le susurró en español. Siempre se despedía de él así. Él sonrió y asintió con resignación mirando aquellos ojos marrones envueltos en carboncillos. Bajó la vista y la fijó en los labios de carmín rojo. Quiso besarlos pero se contuvo. Ella lo notó y se incorporó con rapidez.
Qué buenos sois los irlandeses, confesó mientras le recorría el pelo con los dedos. Los ingleses son unos cabrones.
Y, ¿qué hacemos aquí, Mara?, respondió él. Vámonos a tu tierra o a la mía, donde nos traten bien de una vez.
Apenas terminó la frase, un escalofrío recorrió el cuerpo de Ian. Sabía que había puesto demasiada carne en el asador y que, aun así, ella se acostaría con algún rockero al que tendría que ceder su turno en la ducha al día siguiente.

Qué buenos sois, insistió ella. Y mientras daba marcha atrás y se acercaba a la puerta, le miró a los ojos con condescendencia se despidió diciendo, Yo no estoy hecha para que me traten bien.




Arctic Monkeys Leave before the lights come on - MyVideo

viernes, 19 de febrero de 2010

El sueño de un día de verano

Ahora que han pasado tantos años y tantas cosas es cuando se te ocurre a ti recordar aquel verano. Hoy precisamente, te quedas en la cama acurrucada y extraes del disco duro de tu memoria aquellos cristales empañados por la humedad que se concentraba entre la contraventana y el cristal. Te ponías de pie, te estirabas y abrías el balcón de par en par. El suelo siempre estaba frío y la madera humedecida por el rocío que en el norte cae, incluso en agosto.

Nada más que hacer. Un colacao frío y colgarte la bolsa de la playa al hombro. Las chancletas, el vestido de toalla y un pañuelo recogiendo la melena. Decir adiós y caminar deprisa hasta doblar la esquina de la casa de enfrente, donde él te esperaba con la scooter de su primo para huir.

Aquel lugar de la costa donde el romper de las olas te relajaba y te alejaba aun más de la realidad de ser una chica buena de ciudad, estudiosa y responsable que nunca en su vida había roto un plato. Tumbados entre la arena y las rocas, te sonreías al pensar que tú nunca hacías top-less con tus amigas y que con él, jamás habías usado la parte de arriba del biquini. Y entre batida y batida de la mar, él siempre te hacía despistar y mirar hacia otro lado para morderte con dulzura el hombro. Y entre pícaros mordiscos y caricias juguetonas, el calor del mediodía de agosto traspasaba las fronteras de vuestros bañadores y avivaba el deseo de haceros el amor como os gustaba a vosotros, con sabor a sal y a cigarros de Marlboro.

Sólo tenías dieciséis años, pero aún el recuerdo sigue nítido en tu memoria. Y con lucidez recuerdas la vuelta a la realidad, el castigo de dejar de ser una chica europea y volver a ser una niña de provincias. Y volver a empezar con todo sin más explicación que la única que era posible. Que no fue más que un sueño de verano, el sueño de un día de verano.


Estoy fuera el finde, por eso no puedo pasar a visitaros. Sorry

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Seamos malos


-¿Has metido a enfriar el cava?- preguntó Eva desde el comedor, mientras posaba con mimo las dos copas sobre el mantel de fantasía.

Javier respondió afirmativamente y siguió preparando los canapés de salmón que tanto les gustaban. Ella regresó a la cocina y le abrazó por la espalda.

-Todavía no hemos empezado a cenar y ya tengo ganas del postre- dijo con picardía.

Javier le devolvió una mirada más que sugerente.
-Es que ese turrón de yema artesano me pierde- añadió ella arrancándole a su novio una carcajada.

-Canapés, turrón... Menos mal que tu estómago no es tan agnóstico como tu cabeza, Eva.-
En esta ocasión rió ella.

Una vez en la mesa, Javier propuso un brindis.
-Pero si estamos tú y yo solos, replicó Eva. ¿Qué vas a decir?

Javier se aclaró la voz, levantó la copa y miró a Eva fijamente.
-Brindo por ti y por mí. Deseo que cuando sea viejo tú sigas ahí en frente, mirándome con esos ojos inquietos y que tu sonrisa infinita siga iluminando esta habitación que tanto nos costó conseguir. Brindo por la paz que emanas, por la calma que transmites, por el cosquilleo que sentimos cada vez que nos miramos. Deseo seguir deseándote como lo hago ahora y que tú me aceptes aunque esté arrugado y arrastre los pies. Brindo por seguir aprendiendo de ti, por verte crecer junto a mí y madurar. Por ver cómo te equivocas y que sigues sabiendo reponerte. Brindo por tu despertar, Eva. Porque verte despertar es, con mucha diferencia, lo más maravilloso que me ha pasado.

Brindaron, bebieron y cuando Eva se levantó a abrazar a Javier, aún le temblaba el cuerpo entero.
- Ey, ¿qué te pasa? ¿Por qué tiemblas así?.
- Joder, Javi- se quejó ella. Es que cuando te has puesto tan serio... por un momento he creído que me ibas a pedir matrimonio.

Esta vez ambos rieron hasta la lágrima. Javier abrazó a Eva y la tomó en brazos.

-¿Y tú no tienes nada que decirme a mí?- preguntó sarcárstico. ¿Ningún deseo navideño?.
Eva se mordió el labio de abajo mientras abrazaba la cintura de Javier con las piernas y rodeaba su cuello con los brazos. Al fin decidió responder.

- Vamos a ser malos y así le ahorramos el viaje a Santa Claus.




La frase no es original, es una interpretación del título de la canción Let's be naughty and save Santa the trip de Gary Allan.
El vídeo es una versión de la canción Happy Christmas (War is over) de John Lennon interpretada por Celine Dion. El contraste entre el mensaje de esta canción y el del relato marca el contraste entre nuestras preocupaciones y deseos más íntimos, que responden a nuestras necesidades inmediatas y la preocupación por las cosas que nos trascienden pero que inevitablemente nos preocupan.
El paso del tiempo deja anticuadas las cosas caducas. Sin embargo, mantiene intactos los deseos intrínsecos y egoístas de los seres humanos por un lado, y por otro, los problemas que afectan al mundo y contra los cuales no dejamos de luchar.

Sé feliz y haz felices a los tuyos durante todo el año. Pero, si te apetece, date un capricho estos días...

... o dos.

viernes, 9 de octubre de 2009

El vendedor de granizados (II)

Cada día de feria, Alba volvió al puesto a disfrutar de un delicioso granizado. Se aficionó tanto al refresco como a Raúl, que siempre tenía alguna historia interesante que contarla. Qué curioso, pensaba ella. No es muy mayor, pero parece haber vivido tanto...
Las horas pasaban deprisa entre granizados y charlas. Alba se sentaba junto a Raúl e incluso le ayudaba a servir cuando la fila se hacía larga. Parecía haber nacido tanto para degustarlos, como para dispensarlos.

¿Y tú, tienes familia? Arriesgó Raúl en una ocasión. Nunca hablas de tus padres y yo ya te he contado toda la historia de mi familia.

Claro que sí, respondió ella risueña. Vivo con mi madre. Las dos solas. No tengo padre... Bueno, sí lo tengo. Mi madre dice que es un poeta que viaja por todo el mundo ofreciendo su poesía. O sea, un vivalavida que la dejó preñada con diecisiete años y no se quiso hacer cargo. O eso, o que era muy pobre y mi abuelo le largó por no ser suficiente para su hijita.

Raúl no pudo por menos que soltar una carcajada. La ironía de Alba le resultaba cercana, recordándole incluso a su propia forma de denunciar aquello que no le gustaba y le hacía reír, al tiempo que le ayudaba a disimular un sollozo de angustia contenida. Sin embargo, Raúl pensaba que la sinceridad de Alba era, sin duda, heredada de su madre. Pero, ¡qué demonios!, pensaba él.¿Cómo podía estar seguro al cien por cien de que era ella?


Y, ¿tú madre no viene por la feria nunca o qué?

¿Mi madre? Jamás. Dice que no le gustan estos sitios con tanta gente y tanto ruido. Pero a mí sí me gusta. Me encanta. Me traía siempre mi abuela y me decía que si me sentía tan bien aquí era porque de alguna manera, pertenecía a todo esto ¡Y mírame, aquí con un amigo feriante que podía ser mi padre, jeje!

El sarcasmo de Alba había llegado demasiado lejos y casi hizo derrumbarse a Raúl. Sin embargo supo detener su confesión pensando en el beneficio de la joven, aunque staba más convencido que nunca de que era ella.

Cada nuevo día, era un día de felicidad para el feriante, pero hacía acercarse el final del periodo de estancia en la ciudad y agotaba sus oportunidades de volver a ver al amor de su vida. Él tampoco se casó nunca. Vivió cada día enamorado de aquella chica de mirada sincera que le escribió una carta cinco años después de aquel verano fatídico para enviarle una foto en cuyo reverso rezaba:

Se llama Alba y es tu hija. Es tuya. Sólo puede ser tuya. La he tenido a pesar de los impedimentos de mi padre, de las palizas, de los insultos. La voy a criar sola y la sacaré adelante por los dos. No vuelvas más por esta ciudad. Te encontrará y te matará. Cuídate.

Mientras desmontaba su puesto, Raúl tenía la certeza de estar haciendo lo correcto y la pena de no querer hacerlo así. Por la tarde, Alba corrió al puesto de Raúl para tomar su ración de granizado, pero el puesto ya no estaba allí. Algunos feriantes habían empezado a desmontar ya sus puestos pero no creyó que él se fuera sin despedirse. Se habían hecho buenos amigos en esos días. La muchacha del puesto de al lado, la llamó por su nombre. Alba se giró sorprendida. Tenía algo que darle de parte de Raúl, dos sobres, concretamente; uno a su nombre y otro a nombre de su madre. ¿Cómo lo sabe? se preguntó. ¿Se lo dije yo? Sin cuestionárselo más, abrió el suyo. La sencillez y el candor de Raúl durante aquellos días no hubieran bastado para que se fiara de él si no fuera porque existía algo mucho más profundo que emanaba de él y que se había colado en su corazón sin apenas darse cuenta. El sobre con su nombre contenía la receta del granizado según la tradición de su familia. Le hizo gracia sentirse heredera de la misma y pensó que tal vez ella le recordaba a aquella hija que él decía que tuvo, pero de la que nunca puedo hacerse cargo.

Cuando llegó a casa le dió a su madre el sobre que le correspondía y, sin contarle nada más (porque le parecía ridículo explicárselo) le dijo que lo leyera. Se trataba de un poema tan bonito como los que le dedicó antaño.
¿De dónde has sacado esto? le increpó entre lágrimas. ¿De dónde lo has sacado?

Alba le explicó lo de Raúl, lo del puesto, lo de su amistad con él. Su madre enjugó las lágrimas y tomó aire para preguntar a su hija qué le había entregado a ella. Cuando ésta le respondió, no pudo por menos que sonreír y abrazarla mientras le decía con voz calma: pues será que hemos tenido suerte en la feria de este año.

lunes, 5 de octubre de 2009

El vendedor de granizados (I)

Aunque ya no era una niña, a Alba le encantaban las fiestas de su ciudad y no se perdía nunca una visita a la feria. Aquel año se sorprendió de la llegada de un nuevo puesto que por sencillo, llamó su atención. El puesto ofrecía granizados de limón, de naranja, de fresa, de café, y también zumos de frutas exóticas. los favoritos de Alba eran los granizados de limón y ansiaba la llegada del verano para empezar a degustar este agridulce refresco. Cuando se acercó, le sorprendió ver que era el único puesto de la feria que no tenía una larga cola de espera, lo cual le hizo dudar de la calidad de lo allí servido. Observó cómo el dueño del puesto, preparaba un vaso a la señora que iba delante de ella y concluyó que aquel hombre ponía un especial esmero en su tarea. Se preguntó si sería tan minucioso en la elaboración del granizado como lo era en el despacho del mismo y recordó con nostalgia los que se toman en tierras calurosas del mediterráneo que, hasta la fecha, eran los mejores que ella había tenido el placer de degustar.

Cuando llegó su turno, Raúl, el feriante, se tomó la misma calma en servir y Alba le observó como aquél que espera que se haga fuego de la nada. Mientras lo hacía verter, la miró a los ojos y sonrió, como le hacía a todos sus clientes. Pero esta vez, el contacto con los ojos de Alba cortó la sonrisa de Raúl y su boca se tornó seria y su mirada, distante. Al darse cuenta de lo feo de su gesto, lo enmendó contándole a la chica que tenía un secreto para hacer el mejor granizado, sabiendo que, de alguna manera, ella iba a apreciar la explicación, pues, lejos de sentirse ofendida, se mostró realmente interesada al tiempo que degustaba el delicioso néctar.
Tan pronto Alba se marchó, despidiéndose con un "Hasta mañana", el feriante se afanó en sacar su cartera del bolsillo y, tras revolver en un montón de papeles y facturas, descubrió una foto de una niña que tenía la sonrisa como ella y miraba a la cámara con la misma mirada curiosa con la que ella le miró mientras contaba su historia.

Ya de madrugada, al volver a la carvana en la que estaba instalado, las lágrimas brotaron cargadas de recuerdos. Recuerdos de aquel verano de los ochenta, cuando él era apenas un adolescente que venía a esta feria con el puesto de granizados y zumos que regentaban sus padres. Recuerdos de aquella chica tan linda de la que se enamoró, que venía de un barrio residencial sólo para beber los granizados que preparaban sus padres y besarse con él a escondidas en la parte de atrás del puesto. Recuerdos de los poemas que la escribió de madrugada para que ella siempre tuviera algo bonito que leer al día siguiente. Recuerdos de la tibieza de la arena de la playa donde hicieron el amor, huyendo de los prejuicios de los mayores. Recuerdos de la paliza que el padre de ella le propinó cuando les sorprendió despidiéndose al lado de su casa y de cómo le insultaba diciéndole que jamás aspirara a estar con una mujer como su hija. Recuerdos de no haberla vuelto a ver. De no haber vuelto a esta ciudad fría y húmeda que aún se le clavaba en los huesos y en el corazón....

CONTINUARÁ

NOTA: Desde La chica de la trenza pelirroja, nos sumamos a la tristeza que ha provocado la muerte de Mercedes Sosa.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

No me ames más, ámame mejor.

Era el día de su cumpleaños. Se levantó acompañada de la melancolía de cumplir años y sentir las ganas de amarrar el tiempo con un lazo de seda para que no se escape. Presionó el botón de la cafetera y se dirigió al tocadiscos. Pinchó Rubber Soul de los Beatles.
Un pinchazo agudo en la sien le recordó la fiesta sorpresa de la noche anterior y la razón por la que no debía haberse levantado tan temprano. El olor a café activó una leve gana de recoger y fregar los restos de la cena, del champán, de la tarta, mientras el tocadiscos hacía sonar Nowhere Man.
Mientras se servía el café, recibió un mensaje de texto en su teléfono. Mi regalo será amarte más y más cada día de este nuevo año de tu vida. Feliz día de tu cumpleaños. Recordó que él, al contrario que ella, que se encontarba de vacaciones, tenía que madrugar para ir a trabajar y que anoche se había quedado hasta el final de la fiesta. Recordó vagamente cómo la desnudó y la acostó delicadamente cuando su ebria voluntad no le permitía hacerlo autónomamente. Recordó el sonido de la ducha muy temprano y cogió el móvil. Gracias. Lo siento, pero no puedo quedar para comer como dijimos. No tengo fuerzas...ni estómago. Ven a casa, prepararé algo.

En la ducha, cantó Michelle acompañando al tocadiscos. Desempañó el espejo del baño con la toalla y buscó una nueva cana en su pelo mientras se lo desenredaba. La alarma del horno la avisó de que la pasta ya estaba gratinada.
Él entró despacio mientras ella sacaba la fuente del horno y la ponía con cuidado sobre la vitrocerámica. La observó desde el recibidor mientras se desprendía de las llaves y aflojaba el nudo de su corbata. Estaba tan hermosa con su pelo ondulado humedeciendo el camisón que la cubría que no pudo resistir la tentación de sorprenderla y abrazarla por detrás, depositando un cálido beso en su cuello, que sabía, tal y como él esperaba, a colonia de bebé. Deja eso y ven conmigo a la cama. Ella sonrió con falsa timidez y se dejó arrastrar por él al dormitorio.
La tumbó sobre las sábanas revueltas y besó su frente, su nariz y su barbilla.
Así que éste es mi regalo, ¿no? Inquirió con picardía mientras le desataba con cadencia los botones la camisa.
Él mordió el tirante de su camisón y lo hizo descender sobre su brazo. Rozó con sus labios el hombro de ella y confesó.
He cambiado de opinión. He pensado que no te amaré más cada día. Te amaré cada día mejor.

domingo, 10 de mayo de 2009

Las tormentas de Irlanda

Leer con la música puesta (a ser posible)



Desde muy pequeña, Aisling sabía que se iba a desatar una tormenta cuando el viento empezaba a soplar con fuerza en la colina que quedaba justo detrás de la casa de los McCarthy y volaba las hojas del libro que sostenía en sus manos. La tierra comenzaba a desprender ese olor a humedad tan propio de las tormentas de verano y el cielo, que minutos antes se veía celeste, se enlutaba anunciando el fatal desenlace.
Aisling era una chica lista. Al contrario que sus dos hermanos mayores, Ian y Conor, ella iba a la escuela y aprendía cosas. Desde que aprendió a leer, pasaba las horas de asueto sentada en la ladera de aquella colina que no tenía nombre y a la que ella decidió bautizar como Iolar (águila en gaélico) porque le parecía que la forma que adoptaba el pico se parecía a la cabeza de esta majestuosa rapaz. Las tardes de verano se las pasaba por entero allí, leyendo o perdiendo el tiempo (como ella misma decía) con su mejor amigo Liam McCarthy. Liam sólo tenía que asomarse a la ventana de la cocina para comprobar que Aisling había llegado. Ella llegaba casi siempre corriendo con su vestido de botones, sus alpargatas y su bandolera de cuero y al llegar al punto de encuentro, miraba la casa de Liam y silbaba para anunciar su llegada. A veces Liam se escondía y la observaba sin que ella le viera y se retrasaba en acudir para hacerla rabiar. Liam sabía que Aisling era la niña más guapa del condado porque todos lo decían, pero él no le daba importancia a esas cursilerías porque ella era su mejor amiga. Su verdadera y única amiga en el mundo. ¿A quién le importaba si era guapa o no?
Los años transcurrían en calma para estos dos niños mientras crecían entre libros, juegos, canciones y llenaban sus bolsillos con la vida que sólo se vive en los años de infancia y con la felicidad que brotaba de cada sonrisa, de cada llanto, de cada nuevo descubrimiento. Renunciando a sus responsabilidades, se juraron no hacerse mayores y seguir viéndose, pasara lo que pasara justo en el mismo lugar. En invierno, Aisling se mudaba con su familia a su casa de la ciudad. Su padre tenía negocios que atender allí y la niña tenía que acudir a la escuela. Tenía mucha suerte de haber nacido en años prósperos para su familia.
Aquel año el mes de junio se le hizo más largo que ninguno. Aisling no veía el momento de hacer sus maletas y regresar a lo que para ella era su hogar. Allí estaba todo lo que más quería, el monte Iolar, los prados, el manantial donde crecían las madreselvas y, sobre todo, Liam McCarthy.
Cuando llegaron a la casa del pueblo, Aisling corrió a su cuarto para ponerse su vestido de verano, sus alpargatas y subir a la colina. Al ponerse el vestido, notó que le quedaba estrecho y le costó abrocharse los botones, sobre todo a la altura del pecho y las caderas. Pero eso no le importó. Cogió su bandolera, la llenó de libros nuevos que había comprado en la librería de la ciudad y salió corriendo al punto de encuentro. Para cuando llegó y silbó, Liam ya estaba medio asomado a la ventana de la cocina espiando la llegada de su amiga con los ojos llenos de lágrimas. Era una espera tan larga y tan contenida que apenas podía respirar de la emoción. Pero esta vez algo había cambiado. No podía aguantar ni un segundo más para correr y abrazarla. No tenía ya la paciencia de otros años para hacerla rabiar esperando mientras la veía enfadarse cada vez más. Con el estómago encogido y el corazón palpitando descontroladamente, Liam salió corriendo hacia Aisling y, como hacía cada año cuando se encontraban por primera vez, la agarró con sus brazos y la elevó mientras la hacía girar en el aire. Se fundieron en un abrazo tan fuerte, tan ansioso, tan apasionado esta vez, que juntos cayeron sobre la hierba. Sus caras se quedaron separadas por unos milímetros, sus cuerpos se solaparon y encajaron como un engranaje perfecto. Liam quiso retirarse avergonzado y al moverse observó que a Aisling se le habían desatado los dos botones que cerraban su escote. Ruborizado apoyó las manos en la hierba y se dispuso a levantarse pero las manos de la joven apretaron su espalada contra su cuerpo, impidiéndole despegar. Aisling observó como el cielo se tornaba de ese gris oscuro tan familiar por encima de Liam, que la miraba con una mezcla incongruente de deseo y respeto.
Cuando las primeras gotas empezaban a caer y de la tierra comenzaba a brotar ese olor a humedad tan típico de los días de tormenta, Liam posó sus labios en los de Aisling y después besó despacito cada milímetro de su cara. Empezando por sus mejillas coloradas y pecosas, se deslizó desde la punta de su nariz hasta el lóbulo de su oreja derecha. Besó su frente amplia , olió el perfume de su pelo azabache y acarició con sus labios los párpados que encerraban esos ojos de color cielo. Despegó los labios de su amiga utilizando los suyos y los mordió con ternura. Ella le respondió regalándole el tacto suave de su lengua que temblaba, como temblaban sus manos y sus dedos, mientras se aferraban a la cintura de Liam, para no dejarlo marchar.
Aisling era muy lista y sabía que se iba a desatar una tormenta porque el cielo se había enlutado y el viento volaba las hojas de los libros, que estaban esparcidos por el suelo después de la caída. Pero esta vez no salió corriendo para casa. Esta vez, por primera vez, cerró los ojos y dejó que los relámpagos estallaran en su cuerpo y las gotas cayeran sobre la espalda desnuda de su amigo, de su amante, de su amado Liam.

viernes, 13 de marzo de 2009

Éxito


¿De qué depende el éxito de una persona de a pie? ¿Hasta qué punto el éxito personal, profesional, etc, tiene un origen fortuito o realmente es fruto del esfuerzo y la dedicación? Hace meses, alguien dejó este pensamiento en el buzón de mis sueños. Al día siguiente lo abrí y lo leí. Inmediatamente sentí empatía por el tipo que lo escribió. Hoy lo hago público para que ustedes lo lean y me cuenten lo que opinan.


Me llamo... ¿Qué importa cómo me llamo? Lo que quiero contarte no necesita llevar firma. Lo podría firmar cualquiera.

Hace tiempo conocí a alguien aparentemente vulgar. Era una chica muy joven, apenas una niña que despertaba a la vida. De ella poco se sabía hasta entonces. Quizá dos o tres pinceladas de ciertos problemas de sociabilidad en su etapa estudiantil, asociados a un brillante expediente académico y a unos cuantos kilos de más y poco más.

Años más tarde, la vida me hizo coincidir con la protagonista de esta historia nuevamente y trabar amistad de rebote con ella y hasta tomarle el cariño suficiente como para analizar su evolución y que su éxito llamara mi atención poderosamente.

Su vida había sido en los últimos años algo ajetreada. Fructíferos fueron sus años de universidad y no sólo en lo que a titulaciones se refiere. Su vida social había cambiado ostensiblemente desde que dejó de ser la niña buena a la que no le crecían las tetas. No había un día en el que no tuviera una llamada o mensaje invitándole a salir. No había días en la semana suficientes para tantas amistades, intentando mantener, la mismo tiempo, una relación con un chico que, para sorpresa de todos, se enamoró perdidamente de ella, aun siendo, como dijeron las malas lenguas, infinitamente más guapo que ella y pudiendo, por ello, elegir estar con quien él deseara.

Pero él le eligió a ella. Todos la elegían a ella. Todos la llamaban para quedar y decidir planes. Y sus amigos de la infancia, que se sentían tan desconcertados como abandonados, no veían con buenos ojos que les dedicara tanto tiempo a todos aquellos individuos que ellos consideraban pasajeros y faltos de interés.

Pero eso no importaba porque siempre la perdonaban. Una sonrisa de esta exitosa chica era suficiente para desvanecer cualquier atisbo de rencor u odio sobrevenido de la última mala actuación o el último desplante. Éxito, me decía yo porque todavía no conocía otra manera de definir tanta potra.

Hasta que una noche de junio, la que dicen que es más corta que ninguna, la noche en la que el sol del atardecer quema todo lo malo para que desaparezca, nuestra chica me confesó a solas que era muy desgraciada. No fue capaz de expresarlo con palabras pero sus ojos, enramados por la amargura de no ser comprendida y por el alcohol ingerido, me lo contaron todo. Se deshizo en mis brazos como el moribundo cuando está a punto de exhalar su última bocanada de aire y sin mediar palabra me confesó que me quería. Yo me quedé perplejo y, aunque algo en mí me decía que aquello era un secreto a voces, hay cosas que uno no acostumbra a escuchar por sencillas que parezcan. Es probable que ella no se acuerde porque estaba muy borracha. Es probable que lo que me dijo fuera una metáfora que expresara su agradecimiento por haber estado ahí tantos años, aguantando de ella lo peor. Lo que ella no sabe y no sabrá nunca porque el orgullo no me permite confesarlo es que con ella disfruté de lo mejor que ninguna persona en la vida me ha brindado. Ella era y es la única persona que me ha hecho sonreír todas y cada una de las veces que ha estado a mi lado. Todas, sin excepción.


Desde que esta historia invadió mis sueños, yo me pregunto dónde está la clave del éxito. Me pregunto si el éxito que percibimos en otros no es más que un espejismo que oculta su desgracia. Me pregunto si al sentirse rodeados de tantas personas, sienten esa soledad tan profunda que transmiten sus miradas. Me pregunto si, en realidad, basta con una sonrisa para ser feliz. Pero voy más allá. Me pregunto qué satisface más: recibir esa sonrisa o regalársela, como un compromiso, para siempre a alguien.
**Imagen de la que no he encontrado autor

sábado, 7 de marzo de 2009

Te los robo cuando quiero

Absorta en sus pensamientos, conduce por el mismo trayecto que recorre cada día de casa al trabajo, del trabajo a casa. La incesante lluvia le obliga a poner la segunda velocidad del limpiaparabrisas y encender las luces. Sólo quiere llegar a casa, ponerse el viejo pijama de mariposas y los calcetines gordos, para colocarse en el sofá y leer un rato en la ventana de la salita que da al norte.
Hoy no tiene fuerzas para recoger la ropa del tendal, ni limpiar el polvo. Tampoco es un buen día para quedar con una amiga y tomar un café. Desea con todas sus fuerzas no ver ni hablar con nadie.
No tarda mucho en llegar, aunque a ella le parece toda una vida. Hace todo lo que quiere hacer. Se pone el pijama y los calcetines, se acurruca en la butaca que ella misma situó junto a la ventana y agarra el libro. Aún queda suficiente luz natural como para no tener que encender la lámpara hasta detro de un rato. Respira profundamente y mira por la ventana. Dos chicos son salpicados por un coche. La lluvia no cesa. Sonríe aliviada por la dicha de estar en casa y toca con la punta del pie el radiador, que ya está casi caliente.

Desde los tiempos de la fundación, José Arcadio Buendía construyó trampas y jaulas. En poco tiempo llenó de turpiales, canarios, azulejos y petirrojos no solo la propia casa, sino todas las de la aldea. *

Cuando más inmersa estaba en la novela de novelas, algo interrumpe su lectura. Llaman al timbre. Mira el reloj. Las diez y media. No sabe quién puede ser. Se levanta perezosa y abre la puerta.
-¿Qué haces tú aquí? Le mira extrañada mientras se suelta con disimulo el pelo y se estira el jersey del pijama para colocárselo.
Él se queda mirándola fijamente y la sonríe con complicidad.
- No te quedes ahí parado. Pasa, hace mucho frío. ¿A qué has venido? ¿Vas a llevarte algo? No creo que quede nada tuyo por aquí a estas alturas.
Él cierra la puerta tras de sí y la mira de arriba abajo. Se acerca a ella y sujeta su cara con la misma dulzura con la que lo hizo la primera vez que la besó. En su mirada, ella puede ver aún restos de la inocencia que percibió aquel día y que tan irresistible le pareció.
-Creo que aun hay algo aquí que me pertenece -dice él. Y no me refiero a la discografía de Revólver.



* Extracto de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.

domingo, 1 de marzo de 2009

Si te acuerdas de ti


Todavía sentía en las yemas de sus dedos la tibieza de la piel que acarició con dulzura por última vez hace ya muchos años. Voltea la mano y comprueba que el temblor con el que se ha despertado aquella mañana aún no ha desaparecido. Acerca sus dedos a la nariz con la vana esperanza de percibir el olor del perfume que emanaba cada poro del único cuerpo de hombre al que amó con el corazón y los deslizó después hacia los labios para acariciarlos como sólo él supo acariciarlos. Si cierra los ojos y respira hondo, todavía siente sus manos recorriendo palmo a palmo su cuerpo cuando éste era tan bello como para inspirar versos dulcemente improvisados por él y que le recitaba cuando la luz del alba asomaba por las rendijas de la ventana frente a la que ella hoy ve caer la lluvia.
Se tumba y mira al techo desconchado que ha sido todos estos años testigo del trajín de amantes sin nombre, de sexo sin alma, de lágrimas brotando por unos ojos que hoy parecen haberse secado.
Se coloca sobre su costado y encoge sus huesudas piernas para sujetarlas con los brazos. Aprieta fuerte las rodillas contra el estómago para hacerse más y más pequeña hasta desparecer bajo las negras sábanas de raso.
Cuando el teléfono empieza a sonar no sabe si es un sueño o está ya despierta. Gira la cabeza para comprobar que ya ha amanecido y la lluvia ha cesado por fin. El teléfono sigue sonando inquieto sobre la mesilla, entre un bote de somníferos y un vaso de ginebra. Algo le dice que ha de estirar el brazo y descolgar. ¿Quién sabe qué le espera al otro lado? Tal vez sea la vida que le ofrece una nueva oportunidad. O tal vez esté aún dormida y todo esto sea sólo un mal sueño. Entonces recuerda las canciones que solía escuchar cuando tenía metas por cumplir. Aquellas que le decían que soñara despierta, con los ojos bien abiertos y que ese otro mundo posible dependía de ella. Sólo de ella.



jueves, 12 de febrero de 2009

Por el alma y por el pecho

"Un cortado, por favor. "
La lluviosa mañana había desembocado, nadie sabe cómo, en una tarde húmeda, medio soleada. Una tarde de esas en las que el sol de brujas asoma feroz entre nubarrones negros que huyen lentamente unos de otros para no amontonarse y precipitar.
Tomó la taza con la mano izquierda. En la derecha, sujetaba la gabardina y el paraguas. Derramó unas gotas del rebosante café y blasfemó. Supo que nada bueno podía depararle aquella tarde de tiempo raro y la torpeza de sus manos le hizo presuponer un posterior tropiezo mental, un lapsus linguae acaso, un desliz.

Para cuando él llegó, ella ya tenía bebido medio café y removía lo que le quedaba, absorta en sus pensamientos. Le asustó su llegada por repentina y por fría al mismo tiempo. Apenas tenía fuerzas para levantar la vista de la mesa de mármol hasta sus ojos.
La saludó esperando encontrar su mirada en el punto medio de la distancia que les separaba. A ella le pareció cansado y triste. A decir verdad, él siempre le parecía triste últimamente.

Decidió no pensar más en ello y dejarse llevar por alguna conversación tópica que él iniciara. Sonrió y piropeó su nuevo corte de pelo. Absorbió el olor de su colonia, que era aún la de siempre.

Removía casi compulsivamente la cucharilla en la taza medio vacía. Rechazó otro café. Levantó la barbilla y preguntó "¿Qué?" con resignación.
"Nada", respondió él con más miedo que otra cosa.

Agacharon la mirada. La mesa de mármol con marcadas vetas grises y negras le permitía verse reflejada. Su rostro se le antojó siniestro y macabro, como salido de la ilustración de algún cuento de brujas o malvadas madrastras. Se aferró a la taza y miró el líquido marrón que todavía ahumaba. Ya nada podía sorprenderla. Nada de lo que había ocurrido, nada de lo que estaba ocurriendo. Estaba preparada para lo peor. Estaba concentrada, dispuesta. Sin embargo, se sentía más débil que nunca. Miró por la ventana y un rayo de sol de brujas le hizo cerrar los ojos.

Volvió a posar sus ojos sobre la taza y, cuando más segura estaba de su seguridad, una lágrima se precipitó desde su ojo, se deslizó por su mejilla y perdió el contacto con su piel a la altura de su mandíbula. Fue entonces, y sólo entonces cuando reunió todas las fuerzas para conseguir mirarle a los ojos... por última vez.

Poema de Rodolfo Serrano en la voz y melodía de Ismael Serrano.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Lambada

"¿Bailas?"

Poco sabía él que la perdición se escondía detrás de la insinuante mano tendida que le invitaba a salir a la pista.
Corría el año 89. Jorge sabía bien que en aquel club sólo se podían hacer dos cosas: bailar o ver cómo los demás bailan.
Bebió un sorbo de su copa de Bourbon. Miró a su alrededor. Esa noche El Vesuvio estaba más lleno que nunca. Apenas había un hueco en la pista pero la tentación de ceder a la petición era más fuerte que su miedo escénico y la torpeza física que le caracterizaba.

"No sé" Respondió finalmente.
"¿No sabes?"

Si al menos lo único interesante de aquella mujer fuese su mano tentadora, sus dedos largos y finos, de carne bronceada... Pero no, sus sonrientes labios teñidos de carmín rojo intenso eran aún más tentadores que su ofrendosa mano.

"Puedo enseñarte..."
Hasta entonces, Jorge no había percibido su acento aportuguesado.
"¿Quieres probar?"

Jorge estaba perdido. Sus manos, sus labios, su acento y, para colmo su escote, eran más fuertes que los dos pies izquierdos de nuestro amigo.
¿Sería portuguesa? ¿O brasileña?
La música se detuvo y el club esperó silencioso y quieto a la siguiente pista. Los primeros acordes comenzaban a sonar. En ocho años acudiendo a ese antro para ver bailar mientras tomaba una copa de Bourbon, Jorge nunca había oído algo igual. Caminó hacia el centro de la pista de la mano de aquella sinuosa dama. Ella, delante de él, se abría paso entre la muchedumbre. Lo tenía claro. Las caderas de aquella mujer no merecían el rechazo de un torpe mirón de bar.
Jorge quiso mascullar una frase y ella le calló posando su dedo índice en los labios.

"Agárrate fuerte a mí y déjate llevar"



Definitivamente, era brasileña.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Domingo por la mañana

Camina, como siempre, con paso firme y rápido. Apura la última calada de un cigarro que sólo hace más agudo su dolor de cabeza. Lo tira al suelo y lo aplasta hasta destrozar lo que queda de colilla. Expulsa la última bocanada de humo...

Con este frío, piensa, no hay quien distinga el humo del vaho.
De repente, algo la detiene. La sensación de haberse olvidado algo. ¡Mierda! El móvil.
Vuelve sobre sus pasos y llega hasta el portal del que salió. Un vecino introduce la llave en la cerradura y se dispone a entrar. Ella aguarda silenciosa para pasar tras él.

- Vaya frío, ¿eh?

El hombre lleva el periódico dominical y una bolsa grasienta de churros bajo el brazo. Sandra mira el titular e intenta que el olor no le provoque náuseas. El singular vecino intercepta su mirada.

- Los domingos parece detenerse el mundo - se adelanta. -Sólo se habla de fútbol.
- Sí -responde Sandra con timidez.
- ¿A qué piso vas, guapa?

Sandra se le queda mirando. No se acuerda del piso. Hace memoria. En una milésima de segundo los pensamientos se le agolpan. Trata de conectarlos, de darles sentido. El pub, la calle, las risas, besos en cada portal, en cada farola. Las llaves. No tomaron el ascensor. Por las escaleras, el deseo era irrefrenable. Las llaves otra vez. Letra C, seguro. ¿Pero el piso?

- Al cuarto, por favor.
- Muy bien.
- Usted ya ha llegado. Que tenga un buen día.
- Lo mismo.

Se apea. Busca la puerta. Sí, es esta.
Antes de llamar piensa en lo que va a decir. En cómo lo dirá. Seré muy breve. Llama al timbre. El corazón cabalga y parece querer salir de su pecho. El dolor de cabeza se hace más intenso. Él abre la puerta. Está medio vestido. Se acaba de dar una ducha.

- El móvil. Me lo he dejado.
- Pasa y cógelo. También te has dejado esto.

Le enseña un jersey.

- Gracias - le mira de arriba abajo. -No me acordaba de que lo llevara puesto anoche- dice sonriente mientras piensa que no ha estado tan mal regresar a ese piso después de todo.

Él acerca el jersey a su cara y respira su fragancia.

- Huele a ti... No recuerdo tu nombre pero no creo que olvide tu olor en mucho tiempo. ¿No te importará?
- No, responde Sandra mientras desabrocha la cremallera de su cazadora. -Sólo espero no volver a dejarme el móvil olvidado esta vez...






sábado, 29 de noviembre de 2008

Carta de Cayetana

Querida Laura:
Ya sé que no son tiempos de escribir cartas. Ya sé que existe el correo electrónico y el móvil y que hace siglos que no te llamo. Deseo redimirme haciendo para ti algo artesanal que espero aceptes de buen grado: una carta a la antigua usanza. Con sobre, remite y sello.

Creo que no hablamos practicamente desde que me vine a Barcelona. Como te dije, aquí la gente camina muy deprisa. Parece que llegaran tarde a todos los sitios. A mí me gusta seguir caminando despacio, como hacía cuando vivía allí. Camino despacio con las manos en los bolsillos de mi anorak verde. Sí, Laura, aún sigo llevando el anorak verde. Tú sabes lo mucho que me gusta y la de chaparrones que que me ha quitado. Aquí llueve menos, mucho menos. Pero la lluvia, cuando cae, lo hace como desesperada, como si alguien la arrojara con fuerza desde el cielo. Así que yo me pongo la capucha para refugiarme y me acuerdo de ti. Ya sabes que no me gustan los paraguas.

No sé si cumpliré mi sueño musical, Laura. No sé siquiera cuál era exactamente mi sueño ni si es éste el lugar adecuado para cumplirlo. Tengo un nuevo compañero de piso. Es un italiano con un acento muy gracioso y busca algo parecido a lo mío. Recorremos juntos los garitos en busca de un hueco donde enchufar la guitarra y tocar un rato. No sé si formaremos un grupo junto con Mara y otros. ¿Te hablé de Mara? Mara es una catalana con un cuelgue tremendo pero mola y creo que puede abrirme alguna puerta por aquí. Conoce a mucha gente. Buena y mala, te diré. Porque es la mejor amiga de Joan y no sé muy bien si lo que, a día de hoy, me sigue causando un dolor agudo en el estómago, es haber tenido que abortar el hijo que esperaba de él o que me dejara antes incluso de hacerlo.

En fin, Laura. Yo, como siempre, con mis cosas. Tú seguirás con tu vida tranquila. Con tu chico, con tus amigos, trabajando mucho y siendo la chica responsable y ambiciosa que solías ser. Sabes que siempre me has dado envidia y sé que yo te la doy a ti. Un día tenemos que intercambiar nuestras vidas y probar qué se siente.

Te he mandado por email un enlace a la página de un bar en el que he pinchado dos o tres noches. Es un sitio sórdido, de los que me gustan a mí, al que acuden tíos morenos con flequillo , vaqueros ajustados y playeras Converse (negras o rojas). En la página hay un enlace a una selección de temas hecha por mí. Igual un día nos dejan tocarla a Carlo (el italiano), a Mara y a mí. Ya sabes que cuento con tu opinión. Es ruido del que a ti también te gusta.
Sé lo que estás pensando y no, no me he liado con Carlo. ¡Ni con Mara! Aunque nunca se sabe cómo pueden acabar las cosas. Esto es otro mundo, Laura. Vivo de noche y me muevo por ambientes de todo tipo. Lo peor y lo mejor pasa por delante de mis ojos cada madrugada. He probado la coca. No me gustó. No me dio mucho subidón, pero al día siguiente tenía una depresión de caballo y no podía parar de llorar sin ton ni son. Mara y los demás dicen que es normal. Yo paso. Ya sabes que con dos cervezas ya digo tonterías. A mí me pone mi música y me evado en mi cuarto, rodeada de pósters de los Ramones con mi guitarra.

Después de todo, sigo como siempre. Pero te extraño. A ti, al barrio, a muchas cosas...
Espero que te guste este regalo en forma de reliquia. Lo hago con todo mi cariño. Que soy muy punkie pero muy cariñosa. Mucho más que tú, jaja.

Un besazo enorme

-Caye-

PD: Escucho a menudo esa canción cursi que nos gusta a las dos. ¿La recuerdas? My name is Luka. Me recuerda tanto a ti...