Si fuera tan fácil hacerte feliz como lo es hacer reír a un niño, la vida sería maravillosa.
Si fuera tan fácil como invitarte a tomar un helado en una terraza, tan sencillo como dar un paseo y agarrarte la mano, tan simple como echarte una mirada de esas que me gusta echarte. Si así fuera, sería también el mundo un lugar en paz, el paraíso de la tolerancia y la convivencia.
Si fueran las cosas como deben ser, la justicia se quitaría la venda y sería parcial, subjetiva y tendenciosa. Lanzaría la balanza al aire y posaría la espada en el suelo porque no tendría necesidad de mantener alejada la presión sobre su sentencia.
Si fuera tan fácil confesar los te quiero, mantener las amistades y suplicar perdón por todos nuestros errores, no estaría yo escribiendo estas líneas ni pidiendo, como pido, un minuto más de tu tiempo y un pedacito (aunque pequeño esta vez) de tu paciencia.
Cinco minutos bastan para soñar toda una vida, así de relativo es el tiempo. Mario Benedetti
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martes, 1 de noviembre de 2011
viernes, 28 de octubre de 2011
Disculpas
Hola,
Me dirijo a vosotros para disculparme porque, por alguna razón que desconozco, Blogger no os lo está poniendo fácil con los comentarios. No sé por qué sucede esto, pero los comentarios efectuados desde teléfonos móviles dan problemas y muchas veces no llegan a aparecer (y eso, hoy en día con el uso masivo de smartphones, representa un problema). Esto del móvil lleva sucediendo un tiempo pero resulta que en la última semana yo misma he intentado comentar vía ordenador y no he podido tampoco.
De momento sólo alcanzo a pedir perdón pero intentaré solucionar el problema que tal vez pase por pasar por revisión los comentarios antes de ser publicados para evitar la entrada de virus u otras complicaciones.
Cualquier propuesta es admitida. Ya sabéis que si por esta vía no se puede, lachicadelatrenzapelirroja@gmail.com recibe emails.
Gracias por seguir ahí, aunque vuestros comentarios no vean la luz.
Laura
Me dirijo a vosotros para disculparme porque, por alguna razón que desconozco, Blogger no os lo está poniendo fácil con los comentarios. No sé por qué sucede esto, pero los comentarios efectuados desde teléfonos móviles dan problemas y muchas veces no llegan a aparecer (y eso, hoy en día con el uso masivo de smartphones, representa un problema). Esto del móvil lleva sucediendo un tiempo pero resulta que en la última semana yo misma he intentado comentar vía ordenador y no he podido tampoco.
De momento sólo alcanzo a pedir perdón pero intentaré solucionar el problema que tal vez pase por pasar por revisión los comentarios antes de ser publicados para evitar la entrada de virus u otras complicaciones.
Cualquier propuesta es admitida. Ya sabéis que si por esta vía no se puede, lachicadelatrenzapelirroja@gmail.com recibe emails.
Gracias por seguir ahí, aunque vuestros comentarios no vean la luz.
Laura
sábado, 22 de octubre de 2011
Y si...
Si el amanecer llegase de pronto y nos sorprendiera desnudos, no cubras tu cuerpo con las sábanas de la vergüenza. Disfruta, sueña despierto, acaricia los reflejos cobrizos de mi pelo al sol del alba y aprovecha que estás despierto para saborear ese momento como si fuera el último. Como si fuera la última oportunidad que tienes de tocar la vida con la yema de tus dedos, de rozar tus labios con los de la felicidad, de dejar tras los cristales la nostalgia, el cansancio, la pena y el dolor.
Vive este día como si fuera el último, como si el futuro fuera un invento, como si el pasado no sirviera para nada más que para recordarnos los errores que no podemos repetir. Y si la vida te brinda una flor malva de primavera o una hoja de ese rojo otoñal que tanto te gusta, no la dejes caer al suelo. Guárdala como un tesoro, cuídala como a tu propio hijo y demuéstrate a ti mismo que vivir es soñar, desear, esperar con determinación y sin flaqueza que el mundo vaya siendo, poco a poco, un lugar mejor.
Vive este día como si fuera el último, como si el futuro fuera un invento, como si el pasado no sirviera para nada más que para recordarnos los errores que no podemos repetir. Y si la vida te brinda una flor malva de primavera o una hoja de ese rojo otoñal que tanto te gusta, no la dejes caer al suelo. Guárdala como un tesoro, cuídala como a tu propio hijo y demuéstrate a ti mismo que vivir es soñar, desear, esperar con determinación y sin flaqueza que el mundo vaya siendo, poco a poco, un lugar mejor.
jueves, 6 de octubre de 2011
Siempre regreso
Siempre regreso.
Aunque el reloj me asfixie
y el calendario sea una condena
de cadena perpetua,
de perpetua prisa,
de descanso imposible.
Siempre regreso
porque te echo de menos.
Porque el tiempo es caprichoso
y, muy de vez en cuando,
me deja dos minutos
para callar tus quejidos
con mis labios.
Siempre regreso
y al regresar no manifiesto,
por vergüenza o qué sé yo,
mi necesidad de encontrar
este hueco que dejé
y junto a él, el vértigo,
intacto como la primera vez.
Aunque el reloj me asfixie
y el calendario sea una condena
de cadena perpetua,
de perpetua prisa,
de descanso imposible.
Siempre regreso
porque te echo de menos.
Porque el tiempo es caprichoso
y, muy de vez en cuando,
me deja dos minutos
para callar tus quejidos
con mis labios.
Siempre regreso
y al regresar no manifiesto,
por vergüenza o qué sé yo,
mi necesidad de encontrar
este hueco que dejé
y junto a él, el vértigo,
intacto como la primera vez.
martes, 27 de septiembre de 2011
Escribir
Escribir es desahogarse, es expresar, es sentir…Es muy difícil
ordenar las ideas, filtrar y depurar los sentimientos y contar sólo lo que
verdaderamente tiene sentido porque encontrarle sentido a toda la amalgama de
detalles que cada día se presentan ante mí, a todas las noticias que cuentan
los medios y a lo que me transmiten todas las personas que me hacen pensar o
sentir, es complicado. Pero no es imposible y es, sin duda, muy satisfactorio.
El mundo parece haberse vuelto loco de repente y los poderes
que nos dominan, especialmente los mercados, pretenden hacernos creer que
nuestros derechos son dádivas que los estados le otorgan al pueblo cuando, en
realidad, no son más que logros conseguidos por el propio pueblo. No nos
confundamos, señoras y señores, no nos dejemos engañar. Si algo malo le puede
suceder a un pueblo, a una sociedad es, precisamente, dejarse engañar. Dejarse engañar
es como dejarse robar o maltratar. Es ser consciente del daño que se nos infringe
y no hacer nada por evitarlo.
El mundo, que no es más que el lugar donde habitamos, está
lleno de injusticias de las que somos, por quererlas ignorar, cómplices. Un
niño palestino vuela una cometa que simboliza la libertad y la superación. La cometa,
de fabricación casera, representa un
vuelo que tal vez nunca se produzca, el salto de un muro que tal vez nunca se
derribe. No somos terroristas, dicen
los niños de Gaza, hartos ya en su tierna infancia de que sentir que ésa es la
imagen que se proyecta de su pueblo. Disgustados por no poder hacer nada por
evitarlo, salvo esperar a que alguien que llegue de fuera y quiera escucharlos.
Y aun así, ahí están las ganas de hacer justicia. Ahí está la incansable lucha
de un pueblo oprimido y arruinado. Ahí reside la única fe en la que yo creo,
que es la de luchar por la dignidad y por la libertad.
Un beso, solamente un beso, separa la boca de África de los labios
de Europa. Liman
Boicha. Poco más cabe decir tras leer este verso. En el Sahara
Occidental hay poesía y sueños y cantos y sonrisas. También hay resentimiento y
rencor, cómo no. Pero hay poesía y de su mano la solución, que demuestra que no
es tan difícil. Que no es imposible juntar unos labios con otros en la más
global de las demostraciones de afecto.
El mundo se ha vuelto loco. Alessio
Rastani, agente de bolsa, afirma que sueña con otra recesión, pues las
recesiones hacen que él y gente como él se enriquezcan.
Contra la poesía, la avaricia. Contra la libertad de los
pueblos, la opresión de quien los domina. Esta claro quién gana ahora la
batalla. ¿Permitiremos que siga siendo así? ¿No es la ciudadanía europea acaso
un grupo de niños lanzando cometas que vuelan en busca de justicia y libertad? ¿No
es cierto que no sólo no hemos solucionado históricas problemáticas sino que
creamos cada día nuevas contiendas?
Escribir es desahogarse, es expresar, es sentir…Nadie dijo
que escribiendo se pudiesen solucionar las cosas, pero se intenta.
domingo, 18 de septiembre de 2011
Es indignante
Domingo, 8 y media de la tarde, tarde-noche más bien, que estamos ya muy cerquita del otoño. He comido fuera de casa y he estado tomando el café y dando un paseo y ahora compagino esta nueva entrada con echarle un ojo al partido de basquet. Pues aunque cueste creerlo, no puedo dejar de pensar en mañana. ¿Qué grupos me tocan? ¿Y pasado? ¿A ver qué hago? No lo puedo evitar. Sé que hoy no me voy a dormir hasta que no tenga bien planificadas mis clases de mañana. Este cuento ya se lo conté a los de 1º el curso pasado cuando estaban en Infantil de 5 y a lo mejor les apetece escucharlo otra vez o tal vez no, pero lo que está claro es que voy a necesitar preparar una actividad complementaria porque son más mayores y el cuento es poca cosa. Y los de 2º, estuvimos haciendo juegos de romper el hielo la semana pasada, así que hay que meterse ya en harina con ellos. Encima en ese grupo está D, que no admite las actividades que generan mucho ruido y P, que ha repetido y está muy incómodo con su nuevo grupo siendo más mayor y sin saber aún ni escribir su nombre. No le puedo poner la misma ficha que al resto, lo que me recuerda que tengo que adaptarle los trabajos que impliquen lectoescritura de todo el curso.
Y si le da por venir a la inspectora, ni te cuento. Tengo lista la programación anual pero no he perfilado aún bien el tema de la evaluación y no he terminado las fichas individuales de cada uno de los más de doscientos alumnos a los que doy clase, sin mencionar que en mi cabeza tengo claras las adaptaciones curriculares a todos los alumnos que tengo con necesidades especiales, pero no las tengo plasmadas en el papel y debo tenerlo. Vamos, que esta semana meteré horas hasta que tenga todo esto listo porque así no se puede funcionar. Y en cuanto me libre de los documentos, empezaré a mirar juegos para las tardes con Infantil, que es una locura no tener por lo menos dos o tres juegos planificados en cada sesión para ir cambiando.
Por la noche, me iré a la cama con todo esto y más (que no es cuestión de agobiar a nadie y por eso no lo cuento todo) y con mi nueva adquisición: una férula de descarga porque me limo-literalmente- los dientes de la tensión que arrastro. No me quejo. Me encanta mi trabajo. Lo adoro y no lo cambiaría por ningún otro. Me hace feliz, lo he manifestado en muchas ocasiones. Es tan maravillosa la recompensa que el esfuerzo realizado me parece, después de todo, una minucia.
Mañana comienzo a las nueve y cuarto mi primera clase. Un horario bueno, muy bueno ciertamente. A menos cuarto ya estaré en el colegio porque se me ocurrirán muchas cosas de aquí a que me acueste y la mitad de ellas implican que busque cartulinas, que corte papel continuo, que me pelee con dos ordenadores, un pendrive y un proyector y que sude la gota gorda cuando oiga a los críos entrar en el edifico y la fotocopiadora se atasque y me dé error en el depósito número 3. Los críos se van a la una menos cuarto. Benditos sean cuando les veo montar en el autobús. Un pis rápido, que en toda la mañana me ha dado tiempo y ahora sí que sí, me voy a sentar y voy a mirar el correo. Error. La jefa de estudios convoca una reunión de urgencia porque hay que elaborar un documento muy importante que no tenemos hecho. ¿Pero cómo que no? Pregunto. ¡Si ya lo hicimos el año pasado! Y resulta que, sacándome de mi error, me comunican que el año pasado, elaboramos el PCC y este año toca el PEC y el PC y el PAD que todos los años se revisa, claro. Son las dos y media cuando me voy a casa. Un horario bueno, muy bueno ciertamente, ya que, hasta octubre no tengo que volver por la tarde. En casa ya lo saben, lo tienen asumido. Nunca se sabe cuándo voy a regresar. Nunca se sabe a qué hora me iré al día siguiente. Nunca se sabe en qué demonios ando pensando porque quien me conoce sabe que no soy despistada pero lo parezco. Y lo parezco porque estoy todo el día pensando en cómo mejorar mis clases, en qué idea sería buena para este grupo o el otro, en qué le voy a decir a los padres en la reunión, al representante de la editorial, al que organiza la actividad de teatro (que aún no le he dado una respuesta).
Hablando de despiste, se me había olvidado por completo que mañana es el último día de plazo para inscribirme en un curso de formación que me interesa hacer (al finalizar mi horario de trabajo, por supuesto) y que tengo que rellenar la documentación del grupo de trabajo al que pertenezco y cuyo objetivo es generar materiales curriculares de Inglés (mi especialidad) que faciliten una labor que ya de por sí es dura porque luchamos contra natura y hay que hacerlo muy fácil y muy lúdico y muy dinámico y muy visual para que, entre otras cosas, los más pequeños no lloren.
Yo paro ahora de escribir pero esta maquinaria compleja que es la educación no para nunca. Y no duele que se metan con las vacaciones, con el horario, con los puentes y todas esas cosas. Duele que se esté gastando dinero público en el ejército, en la monarquía, en cochazos, en dietas, en escoltas, en trenes de alta velocidad y se recorte en educación pública y gratuita. Que se le quiten medios humanos y materiales a la educación inclusiva y no a la exclusiva, a la educación integradora y no a la discriminadora, a la educación para todos y no a la que sólo llega a unos pocos. Duele, es indignante y no lo vamos a permitir.
Y si le da por venir a la inspectora, ni te cuento. Tengo lista la programación anual pero no he perfilado aún bien el tema de la evaluación y no he terminado las fichas individuales de cada uno de los más de doscientos alumnos a los que doy clase, sin mencionar que en mi cabeza tengo claras las adaptaciones curriculares a todos los alumnos que tengo con necesidades especiales, pero no las tengo plasmadas en el papel y debo tenerlo. Vamos, que esta semana meteré horas hasta que tenga todo esto listo porque así no se puede funcionar. Y en cuanto me libre de los documentos, empezaré a mirar juegos para las tardes con Infantil, que es una locura no tener por lo menos dos o tres juegos planificados en cada sesión para ir cambiando.
Por la noche, me iré a la cama con todo esto y más (que no es cuestión de agobiar a nadie y por eso no lo cuento todo) y con mi nueva adquisición: una férula de descarga porque me limo-literalmente- los dientes de la tensión que arrastro. No me quejo. Me encanta mi trabajo. Lo adoro y no lo cambiaría por ningún otro. Me hace feliz, lo he manifestado en muchas ocasiones. Es tan maravillosa la recompensa que el esfuerzo realizado me parece, después de todo, una minucia.
Mañana comienzo a las nueve y cuarto mi primera clase. Un horario bueno, muy bueno ciertamente. A menos cuarto ya estaré en el colegio porque se me ocurrirán muchas cosas de aquí a que me acueste y la mitad de ellas implican que busque cartulinas, que corte papel continuo, que me pelee con dos ordenadores, un pendrive y un proyector y que sude la gota gorda cuando oiga a los críos entrar en el edifico y la fotocopiadora se atasque y me dé error en el depósito número 3. Los críos se van a la una menos cuarto. Benditos sean cuando les veo montar en el autobús. Un pis rápido, que en toda la mañana me ha dado tiempo y ahora sí que sí, me voy a sentar y voy a mirar el correo. Error. La jefa de estudios convoca una reunión de urgencia porque hay que elaborar un documento muy importante que no tenemos hecho. ¿Pero cómo que no? Pregunto. ¡Si ya lo hicimos el año pasado! Y resulta que, sacándome de mi error, me comunican que el año pasado, elaboramos el PCC y este año toca el PEC y el PC y el PAD que todos los años se revisa, claro. Son las dos y media cuando me voy a casa. Un horario bueno, muy bueno ciertamente, ya que, hasta octubre no tengo que volver por la tarde. En casa ya lo saben, lo tienen asumido. Nunca se sabe cuándo voy a regresar. Nunca se sabe a qué hora me iré al día siguiente. Nunca se sabe en qué demonios ando pensando porque quien me conoce sabe que no soy despistada pero lo parezco. Y lo parezco porque estoy todo el día pensando en cómo mejorar mis clases, en qué idea sería buena para este grupo o el otro, en qué le voy a decir a los padres en la reunión, al representante de la editorial, al que organiza la actividad de teatro (que aún no le he dado una respuesta).
Hablando de despiste, se me había olvidado por completo que mañana es el último día de plazo para inscribirme en un curso de formación que me interesa hacer (al finalizar mi horario de trabajo, por supuesto) y que tengo que rellenar la documentación del grupo de trabajo al que pertenezco y cuyo objetivo es generar materiales curriculares de Inglés (mi especialidad) que faciliten una labor que ya de por sí es dura porque luchamos contra natura y hay que hacerlo muy fácil y muy lúdico y muy dinámico y muy visual para que, entre otras cosas, los más pequeños no lloren.
Yo paro ahora de escribir pero esta maquinaria compleja que es la educación no para nunca. Y no duele que se metan con las vacaciones, con el horario, con los puentes y todas esas cosas. Duele que se esté gastando dinero público en el ejército, en la monarquía, en cochazos, en dietas, en escoltas, en trenes de alta velocidad y se recorte en educación pública y gratuita. Que se le quiten medios humanos y materiales a la educación inclusiva y no a la exclusiva, a la educación integradora y no a la discriminadora, a la educación para todos y no a la que sólo llega a unos pocos. Duele, es indignante y no lo vamos a permitir.
domingo, 11 de septiembre de 2011
El mundo no es un lugar mejor
Hoy es 11 de septiembre de 2011. Se conmemora el décimo aniversario de los atentados de Nueva York y todo el mundo echa la vista atrás. Hay quién lanza la pregunta "¿Qué hacías tú ese día?" "¿Dónde te sorprendió la impactante noticia?" Lo hacen los periódicos, que se lo han preguntado a personalidades de diversas índoles; lo hacen desde las redes sociales algunos amigos. Lo cierto es que no es difícil olvidar aquella tarde (en España eran en torno a las 3 de la tarde cuando tuvieron lugar los atentados) ni lo que estábamos haciendo. No olvidaré estar estudiando para exámenes de septiembre en la biblioteca de mi facultad, ver pasar un avión por la bóveda de cristal que cubre el edificio y que mis vellos se erizaran. No olvidaré a mi padre diciendo que era el comienzo de la Tercera Guerra Mundial...No le faltaba razón.
Un 11 de septiembre, también, de 1973, moría Salvador Allende en el Palacio de la Moneda. Se suicidó al ser atacado por los militares sublevados al mando de Pinochet, quien se hizo tras el golpe de estado con el poder de Chile y gobernó en régimen dictatorial durante 17 años.
Nadie me ha preguntado todavía qué estaba haciendo yo cuando Estados Unidos comenzó a bombardear Bagdad la madrugada del 20 de marzo de 2003. Pero yo se lo voy a responder: estaba viendo una serie de televisión con mi hermano, en nuestra casa. Interrumpieron la emisión para dar las imágenes del bombardeo. De nuevo el vello erizado, las lágrimas en mis ojos y, además, un sentimiento horrible de impotencia y de injusticia mientras decía Así no. Así no se solucionan las cosas. Y no se solucionaron.
Hoy es 11 de septiembre de 2011. Hoy el mundo no es un lugar mejor. No estamos a salvo, no tenemos menos miedo. Al contrario. Hoy existe un odio al islamismo -basado en absurdos prejuicios y datos históricos muy poco objetivos- que no existía antes. Hoy somos, por lo tanto, un poco menos tolerantes. Hoy, que han pasado diez años, hay muchos más muertos a manos de USA y sus aliados que a manos de Bin Laden y los suyos. Hoy somos, por lo tanto, más sanguinarios. Y lo peor: hoy somos más desconfiados, más pobres en ideas (no sólo en dinero) y estamos mucho más divididos que antes. Y eso sí que me pone los pelos de punta.
Mientras escribía este post, he visto en el telediario a un niño estadounidense que le habla a su padre, fallecido en el atentado contra las Torres Gemelas y al que no llegó a conocer, pues nació en octubre de ese mismo año. Un niño de diez años, vestido con traje y corbata, que lanza un discurso memorizado diciéndole a su padre que su madre está haciendo un gran trabajo y que esté tranquilo, que él es muy feliz. Para mí ha sido todo un ejemplo de esa falsa moral estadounidense que en estos diez años no ha hecho más que engordar y engordar. Y es un ejemplo de la hipocresía de los medios y de la sociedad en sí misma, que no ha puesto delante de las cámaras para difundirlo por todo el mundo a ningún niño haitiano, sin padre ni madre y sin mucha esperanza de sobrevivir, ni tampoco a un niño palestino, que denuncie el aislamiento y las carencias a las que se ve sometido. Pero es lo que hay.
Un 11 de septiembre, también, de 1973, moría Salvador Allende en el Palacio de la Moneda. Se suicidó al ser atacado por los militares sublevados al mando de Pinochet, quien se hizo tras el golpe de estado con el poder de Chile y gobernó en régimen dictatorial durante 17 años.
Nadie me ha preguntado todavía qué estaba haciendo yo cuando Estados Unidos comenzó a bombardear Bagdad la madrugada del 20 de marzo de 2003. Pero yo se lo voy a responder: estaba viendo una serie de televisión con mi hermano, en nuestra casa. Interrumpieron la emisión para dar las imágenes del bombardeo. De nuevo el vello erizado, las lágrimas en mis ojos y, además, un sentimiento horrible de impotencia y de injusticia mientras decía Así no. Así no se solucionan las cosas. Y no se solucionaron.
Hoy es 11 de septiembre de 2011. Hoy el mundo no es un lugar mejor. No estamos a salvo, no tenemos menos miedo. Al contrario. Hoy existe un odio al islamismo -basado en absurdos prejuicios y datos históricos muy poco objetivos- que no existía antes. Hoy somos, por lo tanto, un poco menos tolerantes. Hoy, que han pasado diez años, hay muchos más muertos a manos de USA y sus aliados que a manos de Bin Laden y los suyos. Hoy somos, por lo tanto, más sanguinarios. Y lo peor: hoy somos más desconfiados, más pobres en ideas (no sólo en dinero) y estamos mucho más divididos que antes. Y eso sí que me pone los pelos de punta.
Mientras escribía este post, he visto en el telediario a un niño estadounidense que le habla a su padre, fallecido en el atentado contra las Torres Gemelas y al que no llegó a conocer, pues nació en octubre de ese mismo año. Un niño de diez años, vestido con traje y corbata, que lanza un discurso memorizado diciéndole a su padre que su madre está haciendo un gran trabajo y que esté tranquilo, que él es muy feliz. Para mí ha sido todo un ejemplo de esa falsa moral estadounidense que en estos diez años no ha hecho más que engordar y engordar. Y es un ejemplo de la hipocresía de los medios y de la sociedad en sí misma, que no ha puesto delante de las cámaras para difundirlo por todo el mundo a ningún niño haitiano, sin padre ni madre y sin mucha esperanza de sobrevivir, ni tampoco a un niño palestino, que denuncie el aislamiento y las carencias a las que se ve sometido. Pero es lo que hay.
domingo, 4 de septiembre de 2011
Lucía
Te quiero, Lucía. Y te he querido tanto que no sé cómo hacer frente a todo esto. Si cierro los ojos, te veo con absoluta claridad. Veo esa cara tuya de porcelana y esos ojos despiertos que tienes. Te veo tan linda como en esa foto que te saqué y que no he eliminado nunca de mis archivos. Eramos muy jóvenes, Lucía, asquerosamente jóvenes y libres también, y yo no dejo de reprocharme que podía haber luchado un poco más por ti. Un poco hubiera bastado, creo, o quiero creerlo. Quizá el tiempo que ha pasado me quiere castigar y ponerme en bandeja la posibilidad de haberte conquistado cuando aún era posible, cuando aún creía en el amor, cuando tus sonrisas no eran para nadie y eran, al mismo tiempo, para todos, para cualquiera, incluso, por qué no, para mí. No te lo he dicho nunca, Lucía, pero tus sonrisas y tus miradas y hasta ese gesto tuyo de falsa indiferencia, eran para mí la vida misma, el respirar, el comer. Eran la religión que nunca tuve, la única creencia que hubiera defendido más allá de lo humano y de lo divino y que todavía hoy defiendo en secreto.
Aún hoy me pregunto cómo he podido amarte tanto sin haber logrado arrancar de tus labios más que un casto beso y alguna que otra amistosa caricia. Cómo he podido detener mi vida esperándote a sabiendas de que no no llegarías jamás. Cómo he podido ser, a pesar de todo, tan feliz todo este tiempo y tan dichoso de haber compartido contigo momentos tan especiales como los que hemos compartido. La felicidad está sobrevalorada, Lucía. La felicidad, para mí, consiste tan solo en saber que puedo confiar en ti y que eres cómplice de todos y cada uno de mis delitos.
Pero necesitaba más. Nos hacemos mayores, Lucía. Los años no solo pasan, sino que pesan y nos obligan a evolucionar. No te olvido, por supuesto, no te olvidaré jamás, eso es sencillamente imposible, pero he pasado página. Me ha costado mucho reunir las fuerzas para enfrentarme a mí mismo y escribirte así. No te he dejado de querer, ni espero dejar de hacerlo. No te guardo ningún rencor, tú no tienes la culpa de ser la persona más maravillosa que ha pasado por mi vida. No eres más culpable de lo que lo son las estrellas de salir, de brillar, de morir y de arrastrar nuestros deseos en su estela hasta estinguirse con ellos.
Te quiero, Lucía. Me has enseñado a ser optimista, a creer en la utopía y hoy soy alguien nuevo y he construído una vida preciosa en la que tú no estás de ningún modo. No estás como amante, no estás como amiga, ni siquiera estás ya como el sueño inalcanzable que siempre fuiste. Simplemente, no estás. Porque para ser feliz me basta con saber que, aunque no estés, podré confiar siempre en ti y seguirás siendo cómplice de todos y cada uno de mis delitos, incluído éste último.
Visualizar a partir del minuto 1:10
Aún hoy me pregunto cómo he podido amarte tanto sin haber logrado arrancar de tus labios más que un casto beso y alguna que otra amistosa caricia. Cómo he podido detener mi vida esperándote a sabiendas de que no no llegarías jamás. Cómo he podido ser, a pesar de todo, tan feliz todo este tiempo y tan dichoso de haber compartido contigo momentos tan especiales como los que hemos compartido. La felicidad está sobrevalorada, Lucía. La felicidad, para mí, consiste tan solo en saber que puedo confiar en ti y que eres cómplice de todos y cada uno de mis delitos.
Pero necesitaba más. Nos hacemos mayores, Lucía. Los años no solo pasan, sino que pesan y nos obligan a evolucionar. No te olvido, por supuesto, no te olvidaré jamás, eso es sencillamente imposible, pero he pasado página. Me ha costado mucho reunir las fuerzas para enfrentarme a mí mismo y escribirte así. No te he dejado de querer, ni espero dejar de hacerlo. No te guardo ningún rencor, tú no tienes la culpa de ser la persona más maravillosa que ha pasado por mi vida. No eres más culpable de lo que lo son las estrellas de salir, de brillar, de morir y de arrastrar nuestros deseos en su estela hasta estinguirse con ellos.
Te quiero, Lucía. Me has enseñado a ser optimista, a creer en la utopía y hoy soy alguien nuevo y he construído una vida preciosa en la que tú no estás de ningún modo. No estás como amante, no estás como amiga, ni siquiera estás ya como el sueño inalcanzable que siempre fuiste. Simplemente, no estás. Porque para ser feliz me basta con saber que, aunque no estés, podré confiar siempre en ti y seguirás siendo cómplice de todos y cada uno de mis delitos, incluído éste último.
Visualizar a partir del minuto 1:10
martes, 23 de agosto de 2011
Consecuencias
Todo acto tiene sus consecuencias. Lo que escribo se lee y se descifra. Lo que digo, se escucha y se interpreta. Lo que callo, se deduce. Lo que escondo, se indaga y se descubre. Lo que sueño, se analiza.
Sin embargo, conviene no olvidar que, por mi propio beneficio y por el mantenimiento de un saludable equilibrio vital, una gran parte de las veces no soy yo la que escribe, ni la que habla. Tampoco soy tan dueña de mis silencios como sería deseable y me cuesta esconder incluso hasta lo que sueño. Pero, a pesar de ello, no olvido ni olvidaré jamás que sí eres tú quien me lee y me descifra, me escucha e interpreta. Y que también erés tú quien de mis silencios deduce e indaga hasta descubrir lo que escondo, aunque eso suponga, incluso, analizar mis sueños.
Gracias.
Sin embargo, conviene no olvidar que, por mi propio beneficio y por el mantenimiento de un saludable equilibrio vital, una gran parte de las veces no soy yo la que escribe, ni la que habla. Tampoco soy tan dueña de mis silencios como sería deseable y me cuesta esconder incluso hasta lo que sueño. Pero, a pesar de ello, no olvido ni olvidaré jamás que sí eres tú quien me lee y me descifra, me escucha e interpreta. Y que también erés tú quien de mis silencios deduce e indaga hasta descubrir lo que escondo, aunque eso suponga, incluso, analizar mis sueños.
Gracias.
viernes, 5 de agosto de 2011
Busco, si existiera, una melodía o algo así.
Busco entre nuevas canciones, intentando desatar los nudos de esta red, descubriendo nuevos acordes, nuevas sensaciones, nuevas voces sin letra, nuevas letras sin voz.
Busco en lugares a los que nunca acudiré los deseos que nadie sabe que tengo, que se encuentran junto a los restos de un pasado que mi memoria confunde y enrevesa.
Busco sin saber muy bien qué. Busco por buscar como siento por sentir, como hablo -cada día más- por hablar.
Busco una mirada que añoro si me falta más de diez días o tan solo diez minutos, depende del día, del mes, del tiempo, de si la última vez que me miraste así lo hiciste a propósito o por casualidad.
Busco preguntas porque de respuestas me siento demasiado llena. Respuestas para ti y para los demás y ¿qué hay de mí? ahí va una que ya encontré hace tiempo. Quiero más.
Busco sin saber muy bien qué. Busco por buscar como siento por sentir, como beso -cada día más- por besar.
Busco en lugares a los que nunca acudiré los deseos que nadie sabe que tengo, que se encuentran junto a los restos de un pasado que mi memoria confunde y enrevesa.
Busco sin saber muy bien qué. Busco por buscar como siento por sentir, como hablo -cada día más- por hablar.
Busco una mirada que añoro si me falta más de diez días o tan solo diez minutos, depende del día, del mes, del tiempo, de si la última vez que me miraste así lo hiciste a propósito o por casualidad.
Busco preguntas porque de respuestas me siento demasiado llena. Respuestas para ti y para los demás y ¿qué hay de mí? ahí va una que ya encontré hace tiempo. Quiero más.
Busco sin saber muy bien qué. Busco por buscar como siento por sentir, como beso -cada día más- por besar.
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